
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
La pregunta, espero, no es gratuita y ojalá le podamos dedicar unos minutos a propósito de que por esos días vuelve a sonar mucho esa palabra. Me la vengo haciendo desde hace unos años y hace dos publiqué aquí en El Quinto, una primera aproximación a la inquietud de la que recojo aquí varias líneas.
Por estos días, cuando nuevamente se celebra el Día de la Santandereanidad, vuelve esa tentación colectiva de recitar versos de Jorge Robledo Ortiz o de Pablo Neruda hablando de los comuneros, coreografiar “Campesina santandereana” y recordar figuras del ayer como Antonia Santos, Manuela Beltrán, Solón Wilches, el padre Romero, Gabriel Turbay o García Rovira mientras evocamos las letras de José A. Morales. Yo también lo he hecho. Yo también le he cantado a este terruño con palabras adobadas y nostalgias prestadas.
Hace algunos años escribí que “en nuestra sangre confluyen colonizadores navarros y fieros guerreros guanes. Somos nuestro entorno de cuna con paisajes ariscos y arreboles enredados en los tiples; somos renglones en esas letras melancólicas y, a la vez, en los bambucos fiesteros de José A. Morales; algunos somos sobrevivientes de las últimas generaciones que no tuvieron miedo a vivir la vida en ‘la cuadra’ de cualquiera de nuestros pueblos, con las rodillas raspadas de tanto caernos jugando con la pelota de trapo; somos la sinceridad descarnada que dice las cosas sin tapujos, casi sin prudencia, dirían desde afuera”.
Hoy sigo preguntándome si eso todavía es cierto. Me pregunto si los nuevos padres dejan a sus hijos jugar en las calles o si prefieren entregárselos a un celular ante el miedo de la inseguridad. Me pregunto si realmente todos los santandereanos “decimos las cosas sin tapujos”, cuando los clanes políticos siguen paseándose campantes entre nosotros. Me cuesta creer que somos tan frenteros mientras corruptos envejecen tranquilamente en sus haciendas de caballos de paso fino y jardines perfumados por guayacanes rosados, sin pagar nunca por el daño que hicieron.
Porque el territorio no es solamente la superficie donde vivimos. Santander no es únicamente un mapa con provincias, montañas ocres y el Cañón del Chicamocha dibujado en las postales turísticas. El territorio somos nosotros y lo que hacemos en él. Para bien y para mal.
Si desde afuera nos identifican con ciertos políticos corruptos, probablemente no es por un simple remilgo antisantandereano. Algo de responsabilidad colectiva tenemos cuando permitimos que figuras oscuras acumulen poder, trasciendan generaciones y terminen representándonos más de lo que quisiéramos admitir.
Pero también ocurre lo contrario. Si nos ven como gente berraca, emprendedora y echada para adelante, seguramente es porque cientos de miles de hombres y mujeres madrugan todos los días a hacer las cosas bien. Porque hay campesinos sosteniendo el campo, profesores enseñando con precariedad pero con dignidad, emprendedores apostándole a crear empresa, científicos investigando, artistas resistiendo y ciudadanos tratando de construir tejido social en medio de tantas fracturas.
La santandereanidad no es una esencia congelada. Es una construcción permanente.
Por eso hoy también me pregunto si de verdad seguimos sintiendo el perfume de los trapiches y las guayabas maduras del que alguna vez hablé en otra columna. Si todavía reconocemos “el aroma indescriptible de las hormigas culonas cuando se tuestan en cientos de fogones”. O si más bien reemplazamos esos símbolos por una cultura homogeneizada donde la identidad termina diluida entre corridos, franquicias de hamburguesas gigantes y playlists idénticas de rumba traqueta que podrían sonar igual en cualquier rincón del país.
Y aun así, entre tantas contradicciones, hay algo profundamente esperanzador: Santander parece estar empezando a conversar seriamente sobre el futuro que quiere construir.
La iniciativa Visión Santander 2050, liderada por Prosantander, la Cámara de Comercio de Bucaramanga y la Comisión Regional de Competitividad, con apoyo metodológico de Fedesarrollo y la participación de entidades como la ANDI, la Universidad Industrial de Santander, Sociedad Colombiana de Arquitectos, Fenalco Sur de Santander, Probarrancabermeja, Cámara de Comercio de Barrancabermeja, Camacol y miles de ciudadanos en las siete provincias, representa mucho más que un documento técnico, representa una oportunidad para redefinir la santandereanidad.
Porque quizá el gran reto de esta generación consiste precisamente en dejar de repetir lo que creemos ser y empezar a construir conscientemente lo que queremos llegar a ser.
La santandereanidad del futuro no puede sostenerse únicamente en la nostalgia ni en la exaltación folclórica. Tiene que expresarse en mejores ciudadanos, en instituciones más transparentes, en ciudades más habitables, en un campo más sostenible, en empresas más innovadoras y en una cultura menos resignada frente a la corrupción y la mediocridad.
Tenemos que reconocer lo que nos empobrece económica y mentalmente, pero también identificar aquello que nos hace únicos: nuestra biodiversidad, nuestra capacidad empresarial, el talento humano, la resiliencia de nuestras provincias y ese ADN colectivo que, a pesar de todo, todavía insiste en aspirar a algo mejor.
Curiosamente, quizá donde más visible se hace la santandereanidad es en los contrastes. Entre el carnaval y la tragedia. Entre el orgullo y la vergüenza. Entre el desencanto y la esperanza. Somos eso y mucho más.
Y tal vez por primera vez en mucho tiempo tenemos una hoja de ruta para intentar convertir esa identidad difusa en un propósito compartido.
Porque al final, la santandereanidad no es únicamente lo que heredamos, sino lo que decidimos construir juntos. Y todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor.


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