
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Tres días después de la primera vuelta presidencial, una sensación persiste por encima de todas las demás: en Colombia las emociones derrotaron a los argumentos. No es una afirmación derrotista. Tampoco una crítica a la democracia. Es simplemente la constatación de una realidad que se hizo evidente durante toda la campaña: el miedo fue el principal estratega electoral de 2026, por lo menos en su primera vuelta.
Desde las dos orillas se alimentaron temores, se exacerbaron prejuicios, se utilizaron narrativas que apelaban más a las vísceras que a la razón. Y en medio de ese ruido ensordecedor, los argumentos tuvieron cada vez menos espacio para abrirse paso.
Las cifras muestran una elección profundamente polarizada. Abelardo de la Espriella obtuvo 10,36 millones de votos, equivalentes al 43,74%, mientras que Iván Cepeda alcanzó 9,68 millones de sufragios, correspondientes al 40,90%. Entre ambos concentraron más del 84% de la votación nacional, dejando muy poco espacio para las opciones intermedias.
La participación fue del 57,88% de un potencial electoral superior a los 41 millones de ciudadanos. Pero más allá de los números, esta elección deja una radiografía inquietante sobre la manera como estamos procesando la información política: Las desinformaciones viajaron más rápido que los hechos y los rumores tuvieron más alcance que las verificaciones. Allí, en ese escenario, WhatsApp se convirtió nuevamente en una inmensa autopista para la manipulación emocional y las redes sociales reforzaron las cámaras de eco donde cada quien consumía únicamente aquello que confirmaba sus creencias previas.
Tengo la impresión de que la mayoría de los electores llegó a las urnas en estado de impermeabilidad informativa. Para millones de ciudadanos, cualquier dato que cuestionara a su candidato era automáticamente interpretado como un ataque político. Poco importaba si provenía de una investigación periodística, de un organismo de control o de una evidencia verificable. La reacción inmediata era rechazar la información antes de analizarla. Las campañas tampoco ayudaron demasiado. Iván Cepeda construyó buena parte de su candidatura desde escenarios cuidadosamente controlados. Durante meses evitó la confrontación directa en debates y prefirió la seguridad de discursos preparados. Sin embargo, la noche electoral mostró una faceta distinta. Su reacción airada y los ataques personales contra Abelardo de la Espriella contrastaron con la imagen de serenidad intelectual que había cultivado durante años. La estantería del filósofo moderado tambaleó justo cuando más necesitaba transmitir tranquilidad.
Por su parte, De la Espriella entendió mejor que nadie el poder de los símbolos. Los vidrios blindados que rodeaban sus tarimas terminaron convirtiéndose en parte de la escenografía política. Más que una medida de seguridad, funcionaban como un recurso narrativo para reforzar la idea de que era perseguido por decir «las verdades». Al mismo tiempo, construyó una campaña nacionalista de trazos simples, pero efectivos, apropiándose de símbolos patrios, colores y elementos que permitieron a sus seguidores identificarse fácilmente con una causa. Esa noche de domingo, hasta recitó de memoria la Oración Patria, la que le enseñan a todos los miembros de las Fuerzas Armadas y Militares.
Aunque toda narrativa tiene doble filo. Porque esos mismos blindajes también transmitían otra imagen: la del candidato encerrado en su propia urna de cristal, protegido del contacto directo con la realidad que pretende gobernar.
El Centro Democrático merece un capítulo aparte. Su apuesta consistió en posicionar a Paloma Valencia como la primera mujer presidenta de Colombia y acompañarla con Juan Daniel Oviedo, quizá uno de los técnicos más preparados que ha producido la política reciente. Lo que parecía una convergencia estratégica entre la derecha tradicional y sectores de centro derecha terminó produciendo el efecto contrario. Muchos electores conservadores no se sintieron representados por esa fórmula y migraron hacia la candidatura de De la Espriella, que ofrecía una versión mucho más contundente y emocional de los postulados de la derecha más radical. La diferencia final entre ambos candidatos evidencia que una parte importante de ese electorado prefirió la excentricidad en el show y la fundamentación ideológica a la moderación estratégica, y tristemente, a una mujer y un gay… Los colombianos todavía le dan la espalda a esas posibilidades de la realidad.
Y mientras tanto, el centro político volvió a quedarse sin centro de gravedad. Sergio Fajardo, que durante meses fue visto como una alternativa competitiva, terminó diluyéndose en una campaña que por momentos transmitía más superioridad moral que capacidad de conexión emocional. Su comunicación digital buscó acercarse a los jóvenes en TikTok, pero también terminó erosionando parte de la imagen de académico serio y ponderado que durante años había cultivado.
Algunos dirán que todo se vale en política mientras produzca votos. Yo sigo creyendo que no. Sigo creyendo que las democracias se fortalecen cuando las diferencias se tramitan mediante argumentos, cuando las ideas se confrontan en debates abiertos y cuando los ciudadanos pueden evaluar propuestas sin que el miedo se convierta en el principal criterio de decisión.
Por eso resulta paradójico que ahora, cuando comienza la segunda vuelta, el candidato que evitó sistemáticamente los debates quiera participar activamente en ellos. Cepeda sabe que necesita salir a buscar nuevos electores. Y también sabe que la confrontación directa puede permitirle poner sobre la mesa preguntas incómodas sobre las relaciones de De la Espriella con personajes controvertidos de la vida pública. Pero la moneda tiene dos caras. Si ese debate ocurre, Cepeda también tendrá que responder por el desgaste de un gobierno que termina marcado por confrontaciones institucionales permanentes y por escándalos de corrupción que han erosionado buena parte de la confianza ciudadana.
Las próximas semanas serán decisivas. Ambos candidatos deberán escoger entre radicalizar aún más a sus bases o salir a conquistar los votos huérfanos que dejaron las demás campañas. Tendrán que decidir si profundizan la polarización o si intentan construir puentes hacia los sectores moderados, los indecisos y los abstencionistas.
Y nosotros, los ciudadanos, también tenemos una tarea: Nos corresponde la serenidad, la reflexión y el respeto por quien piensa diferente. Porque más allá de escoger entre dos nombres, lo que está en juego es el modelo de país que queremos construir. Están en juego las instituciones, la economía, las libertades, la convivencia democrática y las oportunidades de las próximas generaciones.
La emoción es inevitable en política, siempre lo ha sido, pero una democracia sana no puede depender únicamente de ella. Ojalá que en estas tres semanas que faltan para la segunda vuelta, los colombianos logremos escuchar un poco más los argumentos y un poco menos los miedos; un poco más el fondo y no únicamente desvanecernos antes la cosmética de la puesta en escena.


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