
Pablo Madera
Politólogo y Comunicador Social Universidad Javeriana
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Hay algo profundamente desconcertante en lo que acaba de pasar en Colombia. No porque haya ganado Abelardo de la Espriella. En democracia se gana y se pierde. Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: millones de personas depositaron su esperanza en un hombre que hizo carrera defendiendo a algunos de los peores criminales de este país, que convirtió la mano dura en una marca registrada y que hizo del lenguaje de la guerra una promesa de gobierno. La pregunta, entonces, no es por qué ganó. La pregunta es mucho más incómoda: ¿por qué semejante proyecto terminó resultando deseable?
Y ahí fue donde me acordé de dos filósofos franceses que, en plena resaca del Mayo del 68, escribieron un libro con un título rarísimo —El Anti-Edipo— pero con una pregunta que sigue siendo una bomba de tiempo: ¿por qué la gente termina deseando aquello mismo que la domina? La respuesta de Gilles Deleuze y Félix Guattari era tan incómoda que todavía hoy cuesta aceptarla. No decían que las masas fueran ignorantes, ni que todo pudiera explicarse por la manipulación de los medios. Esa siempre ha sido una respuesta demasiado cómoda, incluso para cierta izquierda. Ellos decían algo mucho más perturbador: el deseo también hace política. El deseo no es simplemente una emoción privada; es una fuerza que organiza el mundo, fabrica instituciones y, cuando logra ser capturada, puede terminar construyendo exactamente el orden que dice combatir.
Para entender por qué esa idea era tan revolucionaria hay que devolverse un momento a Freud. Freud pensaba que el deseo nace de una falta. Deseamos porque algo nos falta y esa ausencia nunca termina de llenarse. Todo, tarde o temprano, vuelve al mismo libreto: el padre, la madre, la prohibición, el Edipo. Deleuze y Guattari consideran que esa teoría terminó domesticando el deseo. Mientras el psicoanálisis buscaba padres en los sueños, el capitalismo seguía produciendo desigualdad, guerras, consumo y nuevas formas de dominación. Reducir el inconsciente a un drama familiar era, para ellos, dejar intacto el verdadero escenario donde se jugaba la política.
Por eso proponen darle la vuelta completa al problema. El deseo no nace de una carencia; el deseo produce. Produce relaciones, produce instituciones, produce gobiernos, produce revoluciones y también produce autoritarismos. Esa es la idea detrás de las famosas máquinas deseantes. El nombre suena intimidante, pero la intuición es bastante sencilla: el deseo nunca funciona aislado. Siempre se conecta con otra cosa. El miedo se conecta con la inseguridad; la inseguridad con un discurso político; ese discurso con un candidato; el candidato con una promesa de orden. Ninguna de esas piezas explica el fenómeno por sí sola. Lo que importa es el ensamblaje. La máquina.
Y si uno mira la campaña presidencial que acaba de terminar con esos lentes, resulta difícil no ver precisamente eso. Lo que triunfó no fue únicamente un candidato ni un programa de gobierno. Lo que triunfó fue un ensamblaje muy bien construido entre miedo, frustración, cansancio, inseguridad, símbolos religiosos, nacionalismo, redes sociales y una vieja fantasía latinoamericana: la del hombre fuerte que llega a poner orden donde todos los demás fracasaron. Ese ensamblaje tenía un nombre propio, pero podría haber tenido otro. Hoy se llama Abelardo de la Espriella. Ayer se llamó Bukele, Bolsonaro, Milei o Trump. Lo importante no es el individuo. Lo importante es la máquina que hace posible que millones de personas terminen viendo en ese tipo de liderazgo una salida razonable.
Durante esta campaña, además, volvió a aparecer una expresión que muchos creíamos reservada para los peores años del conflicto: el voto fusil. Desde todos los sectores se habló de miedo. La derecha denunció territorios donde los grupos armados podían influir en la votación; la izquierda habló del miedo como herramienta de campaña; unos advertían que Colombia se convertiría en Venezuela; otros aseguraban que regresaría el paramilitarismo; unos veían el fantasma del castrochavismo y otros el del uribismo más radical. Al final, todo el país terminó votando con algún miedo encima de la mesa.
Quizás por eso vale la pena ampliar la idea del voto fusil. No para negar la violencia material, que sigue existiendo en muchas regiones de Colombia, sino para entender que hoy el poder también opera organizando los afectos. En buena parte del país el fusil sigue disciplinando cuerpos, desplazando comunidades y condicionando elecciones. Pero en las grandes ciudades apareció otra maquinaria mucho más sofisticada: la administración permanente del miedo. El miedo a perder el empleo, a salir de noche, a que el país se vuelva ingobernable, a que el vecino piense distinto, a que el futuro sea peor que el presente.
Eso es exactamente lo que Deleuze y Guattari intentaban explicar cuando hablaban de la captura del deseo. El poder moderno no funciona únicamente prohibiendo. Funciona enseñándonos qué debemos temer, qué debemos amar y, sobre todo, qué debemos desear. El deseo no desaparece; cambia de dirección. Se organiza alrededor de imágenes, símbolos y promesas que terminan reproduciendo el mismo orden del que pretendían escapar.
Eso explica también por qué la política contemporánea se parece cada vez menos a un debate de ideas y cada vez más a una disputa por la imaginación. Durante demasiado tiempo creímos que las campañas se ganaban con mejores diagnósticos, mejores cifras o mejores programas de gobierno. Como si la gente votara después de leer un plan de desarrollo o una reforma tributaria. Pero las personas casi nunca se movilizan únicamente por argumentos. Se movilizan por afectos, por símbolos, por rabias, por esperanzas y, sobre todo, por la sensación de que alguien es capaz de darle un sentido a su incertidumbre.
«El Tigre» no es solamente Abelardo de la Espriella. Es una marca política donde se mezclan la mano dura, la religiosidad, el nacionalismo, el espectáculo mediático y la promesa de autoridad. Puede que muchas de esas piezas sean contradictorias entre sí, pero al deseo poco le interesa la coherencia. Lo que busca es intensidad.
Y quizás ahí esté la enseñanza más incómoda de todo este episodio. Es demasiado fácil decir que millones de colombianos fueron engañados. Esa explicación tranquiliza la conciencia, pero no explica la realidad. Si millones de personas encontraron en «El Tigre» una respuesta, el trabajo serio consiste en entender qué preguntas estaban haciéndose. Porque nadie vota únicamente por un candidato; también vota por la promesa emocional que ese candidato encarna.
Por eso la pregunta realmente importante no debería dirigirse solamente al nuevo presidente. También debería dirigirse a quienes hoy hacen oposición. Si Deleuze y Guattari tienen razón, el problema nunca fue únicamente Abelardo de la Espriella. El problema es que alguien entendió mejor que los demás cómo funciona el deseo en política. Mientras unos seguían discutiendo programas, otros construían personajes. Mientras unos hablaban de reformas, otros hablaban de patria, de orden, de Dios y de seguridad. Mientras unos intentaban convencer, otros aprendieron a seducir. Y la política, nos guste o no, también es seducción.
Las elecciones regionales serán la primera prueba de fuego para esa discusión. Si la izquierda llega creyendo que todo se reduce a denunciar al nuevo gobierno o a repetir que el pueblo votó engañado, volverá a perder. La tarea es mucho más difícil: reconstruir un horizonte de deseo. Aprender a hablar de seguridad sin regalársela a la derecha, de autoridad sin caer en el autoritarismo, de identidad sin caer en el nacionalismo excluyente y de justicia social sin sonar como un funcionario leyendo un documento técnico. Tendrá que volver a producir esperanza en un país que hace rato aprendió a organizarse alrededor del miedo.
Porque esa sigue siendo la pregunta que Deleuze y Guattari dejaron abierta hace más de cincuenta años y que Colombia acaba de volver dramáticamente actual: si el deseo puede organizarse para reproducir la dominación, ¿seremos capaces de organizarlo para producir una democracia más justa? Esa, y no otra, debería ser la verdadera campaña que empiece desde hoy rumbo a las elecciones regionales.


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