
Hernán Darío Correa
Sociólogo. Editor. Ensayista
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Pensando en el comportamiento electoral de las clases medias del país que votaron por el delito y las mafias, y los prefirieron antes que el progresismo, les comparto algunos puntos de reflexión crítica que podrían aportar a descifrar el reto que sigue…
- En el fondo, se trata del miedo. Del miedo al capitalismo contemporáneo. Pero de un miedo racionalizado e invertido de forma neurótica, cuyas actuaciones como pasiones tristes están siendo recreadas por la combinación de dos reacciones emocionales y mentales: la recreación de fantasmas que justifiquen sus limitadas acciones públicas; y procesos de transfiguración mental ante un contexto tan complejo como agitado en el mundo de hoy, que incluye intensas y objetivas transiciones sociales y políticas de cambio en el país.
- Los fantasmas. El fondo del miedo está en las incertidumbres que producen los avatares del capitalismo como sistema, y de la llamada sociedad del riesgo.
En el primer caso, se trata de la acumulación de riqueza por despojo, asociada a la guerra como forma destructiva que permite renovar los ciclos del capital, mediante proyectos de inversión en torno a lo destruido, y el acceso a materias primas, justificados dentro del proclamado destino manifiesto de países cuyos gobiernos se han dispuesto a liquidar poblaciones enteras para lograr sus cometidos de negocios puros y duros, y reconfigurar sus dominios geopolíticos; junto con las crisis de las burbujas financieras de los últimos años y el colapso de los sistemas de dinero fácil como las pirámides especulativas, las apuestas y las operaciones de bolsa, que han expropiado una y otra vez los ahorros de millones de personas en el mundo entero, especialmente de las clases medias. A ello se suman los vaivenes y la improvisación de las políticas públicas del gobierno norteamericano falsamente proteccionistas y perseguidoras de los inmigrantes, en medio de la incontenible decadencia de su economía y de su inestable lugar en la cambiante geopolítica mundial, que golpean de forma brutal el imaginario tradicional de ver dicho país como el ideal aspiracional de quienes han vivido en función del llamado “sueño americano”.
Y en el segundo, las secuelas de la sociedad del riesgo, recreadas por los límites y las inestabilidades que marcan el cambio climático respecto de catástrofes naturales, y las fluctuaciones financieras especulativas que generan una y otra vez imprevisibilidades económicas de corto o mediano plazo.
La imposibilidad inmediata de asumir el fondo de sus inseguridades económicas y políticas, lleva a las clases medias a racionalizar su miedo a partir de fantasmas recreados interesadamente por las nuevas élites empresariales y estatales del capitalismo, tales como el fantasma del comunismo y de la izquierda, que en Colombia se visten con los restos del ropaje guerrillero, y con base en narrativas diversas sobre la supuesta descomposición social atribuida a los cambios contraculturales asociados al ambientalismo, los feminismos, las nuevas formas de familia, las reconfiguraciones de la sexualidad y de las relaciones de género, la inclusión social de los grupos étnicos y campesinos, las rupturas juveniles, etc.
- Las transfiguraciones mentales, por su parte, convierten el miedo en el apego desesperado a la filosofía del éxito, emulando ingenuamente a quienes supuestamente han arribado a la riqueza y a la seguridad y se pavonean como líderes de ocasión con falsas promesas de estabilidad y poder. Allí se produce una ilusoria reafirmación de las historias familiares centradas en los esfuerzos de varias generaciones por arribar a la pequeña propiedad y la educación, ahora convertidos en un precario sentido común ante su encierro cotidiano y la incapacidad de construir socialmente una reflexión y una narrativa crítica sobre los nuevos retos sociales, políticos y ambientales, y de confesarse que sus sueños han caducado históricamente ante los límites que les impone el capitalismo contemporáneo.
- A ellas se suman las maniobras narrativas de las élites emergentes asociadas al poder y al delito, las cuales, como ladrones que juzgan por su condición, les atribuyen sus penurias mentales a quienes quieren forjarse un futuro por fuera de sus prácticas mafiosas, y recrean esas amenazas fantasmales ante las incertidumbres que asuelan sus cínicas mentes de negociantes absolutos.
Lo cual se suma al imaginario recreado por el enorme inconsciente colectivo anidado en el cine, la televisión y los video-juegos de estos tiempos, que configuran un imaginario centrado, antes que en la profunda amenaza de la continuidad del capitalismo, en el supuesto peligro del retorno de los brujos, los zombis, los extraterrestres y los terroristas reinventados con los rasgos externos de las otredades sociales de los excluidos, las minorías, los extranjeros, los inmigrantes, los portadores de creencias y valores religiosos distintos a los propios, etc.
- Y así van, de fantasma en fantasma, en una pasiva procesión diaria frente a las pantallas o las vitrinas del espectáculo, que los colma de precarias satisfacciones y anheladas pero falsas seguridades, investidas de una normalidad imposible de sostener en su aislamiento social, pero reinventada cada cuatro años por la ilusoria “potencia soberana” de la acción individual del voto…


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