
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
La historia tiene una curiosa manera de administrar la memoria. A algunos les concede estatuas, calles y capítulos enteros en los libros escolares; a otros, apenas una nota al pie. Y con las mujeres ha sido todavía más injusta: muchas ni siquiera alcanzaron ese pequeño espacio. Durante siglos estuvieron allí, investigando, escribiendo, enseñando, creando, fotografiando, liderando, pero alguien decidió que sus nombres no eran importantes para el relato oficial.
Por fortuna, la historia también tiene otra virtud: de vez en cuando encuentra personas empeñadas en corregir sus silencios.
Uno de esos silencios comenzó a romperse con el nombre de Amalia Ramírez, una santandereana que hoy podría ser reconocida como la primera mujer fotógrafa de Colombia. No es un detalle menor. En un oficio dominado por hombres, ella sostuvo una cámara hace más de un siglo y dejó para la posteridad una de las imágenes más estremecedoras de nuestra historia: la fotografía de una pirámide de calaveras y huesos en Palonegro, tomada en 1901, tras una de las batallas más sangrientas de la Guerra de los Mil Días.
La imagen estremece por sí misma. Pero conmueve todavía más saber que detrás del lente había una mujer en una época en la que el relato de la guerra, como casi todos los relatos nacionales, era exclusivamente masculino.
Quizá por eso resulta tan importante el trabajo realizado por la directora santandereana Ibeth Rey y por Frank Rodríguez con el documental ‘La luz por primera vez’. La película no solo emprende un viaje por Colombia y España para reconstruir la vida de Amalia Ramírez, sino que explora el legado de quien hoy es considerada una pionera de la fotografía colombiana, acompañando en su búsqueda a la fotógrafa ‘Bruja Roja’ que también trabajó en rescatar archivos familiares y reconstruir una memoria que durante décadas permaneció prácticamente invisible.
Lo admirable es que la película no pretende únicamente resolver un debate historiográfico. Nos obliga a formular una pregunta mucho más incómoda: ¿cuántas Amalias Ramírez siguen ocultas en los archivos, en los álbumes familiares o en los márgenes de nuestra historia?
Porque este no es un caso aislado. Colombia está llena de mujeres cuya contribución fue eclipsada por una tradición que reservó el protagonismo para los hombres. Mientras aprendíamos de memoria los nombres de generales, presidentes y caudillos, apenas escuchábamos referencias superficiales a científicas, artistas, empresarias, periodistas o intelectuales que también ayudaron a construir el país.
Paradójicamente, fue una mujer quien capturó una de las fotografías más poderosas de una guerra protagonizada por hombres. Esa sola imagen resume una enorme contradicción nacional: ellas estuvieron presentes incluso en los momentos más decisivos de nuestra historia, pero nosotros preferimos mirar hacia otro lado.
Por eso celebro que una directora santandereana haya sentido la necesidad de contar esta historia. No se trata únicamente de reivindicar a una fotógrafa excepcional. Se trata de cuestionar la manera como hemos construido nuestra memoria colectiva.
La película ha despertado un amplio reconocimiento en los circuitos culturales y cinematográficos, con nominaciones y selecciones oficiales en importantes festivales, precisamente porque logra entrelazar fotografía, memoria y derechos humanos para recordarnos el poder que tienen las imágenes de preservar aquello que una sociedad no debería olvidar.
El próximo 30 de julio se presentará en la Cinemateca Distrital en Bogotá; el 31 de julio en la Casa del Libro Total en Riohacha, y el 5 de agosto, el documental llegará al Auditorio Mayor de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, en el marco del VII Encuentro Fotográfico de Santander. Será una magnífica oportunidad para conocer la historia de Amalia Ramírez, pero también para mirar con otros ojos la historia de Colombia.
Porque una sociedad madura no solo honra a quienes siempre ocuparon los reflectores. También tiene el deber de encender nuevas luces sobre quienes fueron deliberadamente dejados en la penumbra. Y quizá allí radique el verdadero valor de esta película: no solo rescata a una mujer extraordinaria, sino que nos invita a preguntarnos cuántas otras siguen esperando, en silencio, que por primera vez también las dejemos entrar en la historia.


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