
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Pocas nacionalidades despiertan sentimientos tan encontrados entre los latinoamericanos como la argentina. Basta con que ruede un balón para que en casi cualquier rincón del continente aparezca alguien dispuesto a hinchar por el rival de la albiceleste. Durante el Mundial de 2026 ocurrió una escena que dice mucho de nosotros: cuando España derrotó a Argentina en la final, en numerosos países latinoamericanos la celebración fue casi tan efusiva como si el campeón hubiese sido propio. En Colombia, la paradoja fue aún mayor: el título español se festejó apenas un día antes de conmemorar la Independencia del 20 de julio, precisamente del imperio español.
¿Por qué ocurre esto? La explicación suele resumirse en una frase: «los argentinos son muy creídos». Pero, como ocurre con casi todos los estereotipos, detrás de esa afirmación hay una historia mucho más compleja.
Argentina no construyó por casualidad una identidad profundamente europeizante. Desde la Constitución de 1853 y, especialmente, con la Ley de Inmigración y Colonización promovida por Nicolás Avellaneda en 1876, el Estado impulsó una política masiva de inmigración. Entre 1860 y 1930 llegaron cerca de seis millones de europeos, principalmente italianos y españoles, aunque también franceses, alemanes, británicos, irlandeses, suizos y habitantes de Europa Central y Oriental. Aquella transformación modificó la composición demográfica, la arquitectura, la gastronomía y la cultura del país, que había tenido una profunda huella de la colonización española y de los mapuches.
Al mismo tiempo, ese proyecto nacional tuvo un lado profundamente cuestionable: promovió la narrativa de una «Argentina blanca». La población afrodescendiente, que en el siglo XVIII llegó a representar cerca de un tercio de los habitantes de Buenos Aires, fue invisibilizada mediante procesos de mestizaje, guerras, epidemias y la supresión estadística de su existencia. Durante décadas se alimentó la idea de que Argentina era una prolongación de Europa en América.
Quizá por eso muchos argentinos, sobre todo de las generaciones más jóvenes, crecieron sintiendo una mayor cercanía simbólica con Europa que con América Latina. Pero sería injusto convertir esa construcción histórica en una descalificación colectiva.
Confieso que yo mismo viajé a Buenos Aires contaminado por ese prejuicio. Sin embargo, bastaron pocos días para descubrir una ciudad deslumbrante y una sociedad mucho más amable de lo que imaginaba. Pensé entonces: «Esta ciudad es bellísima; tienen de dónde ser creídos». La monumental Avenida 9 de Julio, los cafés, los teatros, los parques, la arquitectura de influencia italiana y francesa y una intensa vida cultural ayudan a explicar buena parte de ese orgullo nacional.
Y ese orgullo trasciende el urbanismo. Los argentinos viven el fútbol con una intensidad casi religiosa. No en vano existe la Iglesia Maradoniana, una curiosa congregación nacida en Rosario en 1998 que rinde culto simbólico a Diego Armando Maradona y reúne a cerca de 500.000 seguidores. Esa pasión, que a veces desconcierta, es apenas una expresión de una identidad nacional profundamente arraigada.
Quizás allí radique la principal diferencia con muchos de nosotros. Mientras buena parte de América Latina suele definirse por sus carencias y explicar sus frustraciones, Argentina ha cultivado durante generaciones una narrativa de grandeza. A veces esa convicción se desborda y se convierte en soberbia. Otras veces, sin embargo, no es más que autoestima.
Tal vez deberíamos preguntarnos cuánto de la arrogancia que les atribuimos nace realmente de ellos y cuánto proviene de nuestras propias inseguridades. Porque ese mismo país al que tantos disfrutan derrotar ha producido cinco premios Nobel, escritores universales como Borges y Cortázar, científicos de talla mundial, músicos extraordinarios y una cultura que ha influido decisivamente en todo el continente. Y hasta en un mismo período de tiempo tuvimos al rey del fútbol y al Papa de la misma nacionalidad…
No se trata de idealizar a Argentina. También atraviesa profundas crisis económicas, divisiones políticas y enormes desigualdades. Pero quizá ha llegado el momento de abandonar la caricatura del «argentino creído» y reconocer que detrás de ese orgullo existe una convicción colectiva que muchos países latinoamericanos todavía no hemos logrado construir sobre nosotros mismos.
Al final, más que discutir si los argentinos se sienten europeos o latinoamericanos, quizá la verdadera pregunta sea otra: ¿cuándo aprenderemos el resto de los latinoamericanos a creer en nosotros con la misma fuerza con la que ellos creen en sí mismos?


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