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Colombia es, en gran medida, un país de odios heredados.

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El partido ganador es apenas la minoría más grande: gobernar será negociar.

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Camilo no es una estampita para estetizar camisetas. Es una pregunta política que sigue sin respuesta.


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El campesino pasó de ser sujeto de reforma a sujeto matable. Y cuando se cerró la puerta de la redistribución, se abrió la de la guerra.

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El mundo no arde: se congela lentamente en protocolos, muros legales y mapas de influencia.

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Cuando el miedo se convierte en política, nadie debería sentirse definitivamente a salvo.

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Cada insulto y cada mentira contra Petro le mejora la imagen y le da votos al candidato de sus preferencias.

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Si queremos una economía más justa, no basta con subir salarios: hay que ayudar a que más personas puedan acceder al empleo formal.