
Juan Camilo Quesada Torres
Doctorando en Sociología UNSAM/EIDAES (Argentina)
Investigador en Economía popular
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Hay momentos en los que es necesario aclarar cosas o hacer evidente lo obvio. Pero lo que parece tan obvio, no lo es para todo el mundo. Esa es la razón por la que, cada tanto, se necesita decir: “eso es obvio”.
El sentido común dicta varias cosas alrededor del tema que quiero tratar. Bueno, lo que pasa es que hay varios sentidos comunes actuando al mismo tiempo sobre todas las cosas que en el mundo son: hay, por ejemplo, un sentido común popular, sentido común de las élites, un sentido común regional, otro global y así.
Se puede decir que, dependiendo del sentido común desde el que uno mire la vida, se tiene una particular y distinta comprensión de lo que es el fútbol.
Hay caballitos de batalla para cada una de esas maneras de entenderlo. Por ejemplo, hay quienes dicen que el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes; también quienes dicen que el fútbol es el opio del pueblo. La primera la esgrimen contra los que defienden la segunda y viceversa.
Es ahí donde hay que hacer evidente lo obvio.
El fútbol, como la vida, está lleno de opio. Es decir, como muchas otras actividades humanas puede llegar a tener efecto estupefaciente. Miren este corto listado de ejemplos: la literatura de auto-ayuda; la producción audio visual en la que se ensalza a los criminales, paramilitares o narco traficantes y, también, la religión. Todo eso y más puede convertirse en opio, es decir, puede anestesiar el dolor y el malestar social, la indignación y las ganas de cambiar el mundo.
Hace 40 años Noemí Sanín, actuando como Ministra de Comunicaciones de Colombia, decidió tapar la masacre realizada por el Ejército Nacional en la retoma del Palacio de Justicia obligando a transmitir en vivo un partido de fútbol. Pero, también, en el 2021, los capitanes de los equipos del rentado colombiano decidieron parar el fútbol profesional mientras la gente, las hinchadas futboleras, so tomaban calles y los parques, protestaban airadamente y se enfrentaban enfrentaban a pelotones de la fuerza pública.
El fútbol se mueve ahí, en el mismo campo dentro del que se mueve la vida. No hablo solamente de los dueños de las empresas del fútbol, hablo de la totalidad del fútbol: jugadores, hinchas, canchas, barro, potrero. Estamos todos sujetos a lo que pase en la vida, porque lo que pasa en la vida pasa en el fútbol.
La injerencia narco en la vida colombiana, como es bien sabido, impactó en el fútbol. Pasado el tiempo, la política del narco paramilitarismo golpeó al fútbol. Pero de nuevo, vamos a lo obvio, lo golpeó porque el fútbol hace parte de la vida, tanto como las telenovelas, el arte abstracto o la fiesta del barrio popular que cierra la calle para poner música en toda la cuadra. Todas fueron permeadas por narcos y paramilitares, y por sus políticos aliados.
También es sabido que durante los gobiernos de Álvaro Uribe el 35% del senado tenía vínculos directos con los narcos y los paramilitares. Es una verdad judicial. El mismo porcentaje de senadores, y otros más, actuaban a favor de ese gobierno durante la primera década del siglo XXI, época en la que se formó la última gran generación de jugadores de selección Colombia.
A pesar de lo que se sabe hoy sobre Álvaro Uribe y sus allegados, de sus vínculos con las redes de narcotráfico y paramilitares, con los mayores asesinos del país en la historia reciente; a pesar de lo obvio, jugadores como Juan Guillermo Cuadrado, Yerry Mina, James Rodríguez, Jefferson Lerma, entre otros, no sólo tienen negocios con Uribe y sus hijos, sino que los visitan en sus fastuosas fincas y no tienen empacho en posar con y para el expresidente.
Quintero, Cuadrado, Mina, todos provenientes de zonas en donde los paramilitares, en alianza con el ejército, cometieron grandes crímenes: Urabá, Comuna 13 de Medellín y Guachené en el departamento del Cauca. Estos mismos deportistas guardaron silencio durante el paro nacional de 2021 del que todos vimos las atrocidades que ejército, policía y paracos cometieron en Popayán, Cali, Medellín, Bogotá, Barranquilla.
Miguel Ángel Borja, en ese momento delantero de Junior de Barranquilla, celebraba con el sabido “colibrí” los goles inservibles que anotó en un partido por Copa Libertadores que Junior perdió ante River Plate en Barranquilla, mientras afuera del estadio en el que se jugaba, el Romelio Martínez, se libraba una batalla entre la policía y la gente que protestaba por la realización del partido en medio de la crisis política colombiana.
Siete veces se interrumpió el juego a causa del ingreso de gases lacrimógenos a la cancha. Diego Latorre, comentarista y exjugador de fútbol, comentaba in situ y en vivo que era una irresponsabilidad jugar así, que no podía ser posible jugar en medio de esa crisis. Ojo, Latorre es de los amigos de Macri, de la derecha argentina, pero sabía mejor que nadie que eso que estaba pasando no podía ser.
Ni James, ni Cuadrado, ni Borja, ni ninguno de esos jugadores apareció para pedir que dejaran de reprimir y perseguir a la gente. Obvio. La reforma tributaria, origen de la protesta popular, estaba propuesta por el gobierno de su socio, el de Iván Duque, o sea, el de Álvaro Uribe.
Mejor no digo nada acerca del exjugador afrodescendiente Tino Asprilla y su alabador y acompañante permanente alias Caremonja, que querían salir armados a matar a quienes protestaban.
Hubo solo un jugador que pidió parar la represión. Hubo sólo uno que pidió que se respetaran los Derechos Humanos en el país. Mientras la policía violaba una niña en Popayán, asesinaba y quemaba hoteles en Cali, usaba escuelas como helipuertos en Bogotá, y tiraba gases y mutilaba ojos en Barranquilla, sólo Radamel Falcao García pidió parar esa barbarie. Pidió lo obvio.
Y no es que Falcao sea un adalid de la democracia. No tiene tatuajes del Che y Fidel, pero se jugó por la gente cuando tuvo que hacerlo. Claro, estaba lejos, estaba en Francia, pero eligió no quedarse callado.
No sólo es el jugador colombiano más serio que he visto; más profesional, si se quiere. Es el único que tiene una carrera realmente prolífica, múltiple campeón de torneos internacionales y reconocido como el mejor 9 del mundo en la época dorada de Messi y CR7. Los tres estuvieron en el equipo ideal del 2012.
Obviamente que no es nuestro Maradona, eso ya sería demasiado. Pero es el único que se ha jugado por la gente, por los hinchas, por el equipo de sus amores. Es el único que es capaz de mandar a todos a la mierda en una rueda de prensa: periodistas y dirigentes.
Vamos a lo obvio. Cómo no me va a alegrar ser hincha del equipo que tiene a Falcao. No importa que tenga 40 años. Cómo no voy a estar contento porque regresa a pesar de la dirigencia horrible dueña del equipo. El jugador que es capaz de pedir lo obvio y, además, es el mejor jugador colombiano que vi.
Llevo varios años en donde sinceramente quiero que la selección Colombia quede eliminada de cualquier torneo; no puedo concebir que un tipo como James Rodríguez sea su insignia: vago, consentido, uribista… y con el peor de los defectos de un futbolista: pecho frío.
Eso sí, si Falcao vuelve a la selección es obvio que seré su primer soldado. Si eso no pasa, verlo vestido de azul y blanco me será suficiente, y eso es más que obvio.


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