
Felipe Polanía
Educador Artístico y Mediador Cultural
Viviendo en Zurich, en condición de exilio
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El 15 de octubre publiqué un artículo en el portal El Quinto sobre la puesta en escena del presidente Abelardo De la Espriella. Una vez publicado compartí el Link con los contactos registrados en mi teléfono, viejos amigos, gente conocida y no tan conocida. Algunas personas reportan siempre un comentario de regreso, animándome a seguir escribiendo, otras a veces solo me regalan una manito con el pulgar arriba.
Mas o menos responden siempre las mismas personas. Esta vez, sin embargo, recibí un mensaje de un colombiano que vive hace algún tiempo en Europa. Un hombre trabajador, tranquilo y responsable con el que no he compartido mucho tiempo ni opiniones. El mensaje respondía de forma lapidaria a la pregunta planteada en el lead del envío, “Justicia. La sociedad está cansada de los malandros dueños de la calle”.
El mensaje me hizo recordar el terror de mi barrio de infancia; un hombre de baja estatura, boca y manos extensas, cabello lacio, tez cobriza y ojos negros algo rasgados. Polloduro, el amigo de lo ajeno. Cuando caminaba por la calle observaba con cierta socarronería a los niños que jugábamos en la acera. Nadie le miraba a los ojos, sólo nos atrevíamos a mirar los tenis Croydon que arrastraban su pierna izquierda renga. Polloduro no era el dueño de la calle, pero lo era de nuestro miedo. En muchos barrios había un Polloduro, a veces se llamaba caresucia, tripaseca, caremango, volador, sieteluchas o tal vez el Tuerto Ruiz. El malandro de barrio pertenece al paisaje urbano como los Bots a la popularidad de Abelardo.
De hecho, Colombia parece un país de malandros. Baste decir, que es el país con la mayor densidad de abogados y abogadas per cápita en el mundo, 801 por cada 100.000. en la última década el número de profesionales del derecho ha crecido en un 74%. Parece que hay mucho delincuente para defender. Y es que hay muchos tipos de malandro. El terror de mi barrio de infancia, Polloduro, era tal vez un malandro Uber. solo intentaba hacerse un dinero extra a su trabajo regular cargando bultos de arroz, papa y cebolla en el mercado central de Neiva. Está también el malandro que se hace ladrón por la ocasión y el malandro mojón que prende fuego a gatos para disfrutar viéndolos sufrir. El malandro aboganster que defiende y estafa a criminales y narcotraficantes. Y finalmente el malandro de cuello blanco, malandro ministro, malandro embajador, malandro presidente.
Abelardo para satisfacción del compatriota, está decidido a acabar con los malandros de la calle[W1] . Eso es por lo menos el libreto. El día después de la publicación del artículo, Abelardo se mostró en Barranquilla, a la 1 de la mañana. Cuando la cámara lo filma, Abelardo siempre mira el reloj. “acabar con el cáncer de tanto bandido” dice enfatizando con el dedo pulgar sobre su índice. Después frente a las unidades de policía, estira como siempre el brazo hacia el adelante, cómo un lanzamiento de submarino del pitcher dominicano Pedro Martínez.
Después Abelardo enfrenta al Ñoño y al Keko, de nuevo les habla desafiante, siempre el mismo mensaje de “¿creías que no iba a venir por ti? Yo soy el terror de los bandidos, mira como tiemblas de miedo, pa que aprendas” y por supuesto otra vez la patria milagro y cristo rey. Si todavía existiera Polloduro, seguro estaría pagando escondedero de a peso.
Abelardo, más que presidente, es productor de contenidos; su mandato, un reality de patrulla policial. Pero sus reiteradas actuaciones frente a criminales de poca monta desgastan el espectáculo. La dramaturgia se repite y el dispositivo queda a la vista: el micrófono en la camisa, la mirada a cámara, la claqueta. Entre tanta producción, empieza a notarse que el reality es un número de ventriloquía.
El público dirige la atención hacia la boca articulada del muñeco y sus movimientos. No necesitamos creer que el muñeco está vivo para dejarnos cautivar por su aparente autonomía. El ventrílocuo pone su discurso en boca del muñeco inanimado de barba delineada y de pronto pareciera tener vida propia y agencia, el contexto y las expectativas contribuyen a dar sentido a la experiencia. El rostro, el vestido y los gestos del muñeco atraen las miradas; el ventrílocuo lo observa y le habla; la luz y la cámara lo destacan. Todo invita a reconocerle una voz propia, mientras quien la produce queda discretamente en segundo plano. La ilusión requiere también organizar la atención colectiva.
La percepción construye sentido a partir de lo que recibimos y esperamos. Abelardo, el muñequito con pistola y walkie-talkie, es un artefacto dispuesto para que el ciudadano proyecte sus deseos de respuesta a sus frustraciones sociales. Recorre ranchos pobres y detiene a malandros que duermen en colchones sobre el piso, sin camisa ni zapatos. El redentor se instala así en un escenario reconocible para el colombiano de a pie: parece estar a la vuelta de la esquina, vigilando a cada Polloduro del barrio. La promesa de orden se ofrece como cercanía personal. Insiste en señalar el miedo en los rostros de sus detenidos, como si la justicia hubiera llegado con él y necesitara su presencia para existir.[W2]
No dejo de pensar que un día de estos se le pegará la aguja y Abelardo quedará expuesto en su playback. Se verán los hilos que alzan sus dedos índices, la boca articulada que quiere sincronizarse con las palabras del marionetista. ¿Quién es el ventrílocuo que habla por su boca, orienta sus gestos y levanta sus índices acusadores? Y, cuando el espectador reconozca el mecanismo y Abelardo vuelva a ser al muñequito inanimado, una mata de trapos colgando de una mano ajena, la sonrisita se le quedará congelada y el público chiflará, le aventaran botellas y piedras. ¿qué hará quien dirige la función? ¿Cambiará el libreto, buscará otro rostro o sacrificará al muñeco para que el espectáculo continúe?
[W1]No con los de su clase o condición social y simpatía política
[W2]Como si la justicia hubiera llegado con él, que reencarna al macho aterrorizador


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