
Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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Parece que el hacha del anarcocapitalismo ya está lista para entrar en acción y llevarse por delante los logros sociales que tanto costaron.
- El asunto es que mucha gente vota por gobernantes que, a la hora de la verdad, no defienden lo que a ellos les conviene. Y esto no es solo por falta de información o «estupidez»; es un tema de identidad y de creer a ciegas.
- Aunque la falta de educación cívica y la manipulación ayudan, hay gente muy bien preparada que elige opciones que terminan dándoles en la cabeza. El problema de fondo son esas creencias e identidades tan pegadas al alma que nunca nos paramos a cuestionar.
- Hay un proverbio turco que lo explica clarito: «El bosque se estaba acabando, pero los árboles seguían votando por el hacha. Es que el hacha era muy viva y los convenció de que, como su mango era de madera, ella era uno de los suyos.»
- Los líderes de hoy son expertos en usar cosas del día a día para crear una conexión falsa, manipulando ese sentimiento de «tribu» y el odio hacia un supuesto enemigo. Al hacerse pasar por parte del grupo, logran que el ciudadano de a pie defienda intereses ajenos como si fueran los suyos propios y ataque agresivamente al enemigo indicado que piensa diferente.
La falsa identidad de clase
- Mucha gente de clase media, profesionales independientes o dueños de negocios pequeños, juran que son parte de los ganadores del sistema capitalista y que ya no son «obreros».
- Se creen el cuento de que pertenecen a la élite, olvidando que en realidad siguen siendo trabajadores, con disfraz de empresarios. Mientras tanto, el modelo acumula la plata en la punta de la pirámide y deja a ese pequeño empresario sudando petróleo para sobrevivir.
- El anarcocapitalismo ayuda principalmente a los que ya tienen el gran capital; solo hay que ver las cifras en Colombia: el 10 % más rico tiene el 70 % de la riqueza, mientras que más de la mitad de la población, la más pobre, solo tiene el 4 %.
- ¿Y por quién votan esos pobres? Pues el dueño de un negocio pequeño sigue en su lucha diaria y, aun así, apoya políticas que benefician a los de arriba, los mismos que terminan ahogando su empresa.
La meritocracia: el gran sedante del sistema
- La idea de la meritocracia funciona como una anestesia económica. Nos meten en la cabeza que el esfuerzo individual es lo único que trae éxito y riqueza de forma justa.
- Bajo ese cuento, si alguien fracasa, el sistema le echa la culpa a cualquier cosa: los inmigrantes, los desastres naturales o el «enemigo de turno», en lugar de admitir que hay fallas en la estructura del sistema.
El neoliberalismo y las reglas del juego
El modelo neoliberal defiende el libre mercado, pero solo cuando no toca a los que ya tienen el poder.
Las reglas del juego sí importan. Si tuviéramos un capitalismo puro, sin que el Estado metiera la mano, la clase media desaparecería, igual que pasó al principio de la Revolución Industrial.
- Fueron los logros sociales y las ideas de corte socialista las que le «quitaron el filo al hacha», evitando que el modelo fuera tan salvaje. Pero hoy en día se sigue atacando y satanizando al socialismo, mientras se pone al capitalismo en un pedestal como única opción y fuente de bienestar.
- Como dice un grafiti en la calle: «Date cuenta, primo, eres clase obrera.» No importa el traje ni la corbata; la mayoría sigue poniendo en el poder a una élite cuyos intereses no tienen nada que ver con la vida del ciudadano común.
- Cuando a un trabajador que se rompe el lomo y no le va bien, el sistema le hace creer que la culpa es de él o de factores externos, pero nunca del modelo ni de sus condiciones estructurales.
El capitalismo libertario que se nos viene
Hay que entender cómo funciona esta doctrina del nuevo gobierno. Se dedican a hablar mal de lo público y a decir que lo privado es lo único bueno que crea un verdadero desarrollo económico.
El anarcocapitalismo busca desarmar todo lo que protege al ciudadano: salud, educación pública, pensiones y derechos laborales se ven como estorbos para el mercado.
- Aquí lo único que importa es que el individuo acumule plata, no importa cómo, dejando de lado cualquier idea moral de comunidad o de bienestar social. En este sistema, el éxito no se mide por el bienestar social, sino por cuánto capital logran acumular unos pocos y, entre más rápido, mejor. Esta mentalidad fue el terreno abonado para la creación de la cultura del narcotráfico que se ha venido generalizando en Colombia como la «cultura traqueta».
La «mano invisible» y su distorsión
- Los defensores de este modelo sacan a relucir a Adam Smith para decir que, si cada uno busca su propio beneficio, eso ayuda a todos de rebote. Pero esa idea de la «mano invisible» ha sido muy malinterpretada por el neoliberalismo.
- El Smith de verdad no era economista; era un profesor de filosofía moral que creía que la justicia era la base de todo. Decía que, sin reglas claras, la sociedad colapsa.
- La distorsión es que vendieron su idea como una «licencia para la codicia», donde todo se vale con tal de ganar dinero y con su significado religioso de rigor: «Porque Dios lo ha querido.»
- El anarcocapitalismo usa esa metáfora para decir que el Estado no debe hacer nada. Sin embargo, Smith era muy crítico con los grandes empresarios que siempre buscaban engañar a la gente o armar monopolios para subir precios o controlar al Estado.
Donde el mercado falla y nos deja solos
En la práctica, un capitalismo de mercado puro se olvida de lo colectivo.
- Al no haber nadie que regule, el beneficio individual termina chocando contra el bienestar de todos.
- Se olvidan de los bienes públicos: cosas como el alumbrado, la seguridad o las carreteras no son «negocio» para una empresa privada si no pueden cobrarle a cada persona que las use. Por eso, el capitalismo puro tiende a ignorar lo que nos sirve a todos o convierte la salud y la educación en un negocio para unos pocos privilegiados.
- Las consecuencias negativas: el mercado solo mira sus costos y no el daño social. Si una empresa contamina un río para ahorrar costos, en este sistema eso es ser «eficiente», aunque le pase la cuenta de la enfermedad y el daño ambiental a la comunidad.
- La manía de armar monopolios y oligopolios: aunque hablen de competencia, el sueño de todo capitalista es acabar con el vecino para quedarse con todo el mercado. Sin leyes del Estado, las empresas grandes se tragan a las pequeñas y ponen los precios que les da la gana.
- Derechos vueltos mercancía: en el modelo que quiere imponer el nuevo gobierno, la salud, la educación, el agua y la vivienda no son derechos; son mercancías que se compran.
- Si no tienes con qué pagar un seguro privado de salud o educación de calidad, te quedas fuera. Para ellos eso es «lógica de mercado», pero para la sociedad es una fractura total.
La pelea desigual en las relaciones laborales
- La teoría dice que el contrato entre jefe y empleado es entre iguales, pero eso es mentira. El que tiene el capital puede esperar, pero el trabajador tiene que comer hoy. Siempre está en un estado de supervivencia.
- Sin salarios mínimos ni jornadas máximas, el mercado empuja los sueldos al piso, a lo más básico para no morirse de hambre. Con la contratación por horas que viene a imponer el nuevo gobierno, se busca exprimir al máximo al trabajador para que el dueño gane más.
- Para el anarcocapitalismo la sociedad no existe; solo somos individuos compitiendo. No entienden el «bien común» más allá de la libertad para acumular riqueza, hasta el punto de permitir cosas como el narcotráfico porque, como bien lo dicen: «Plata es plata, hay que ser prácticos.»
- La historia ya nos enseñó que para que una sociedad funcione necesita leyes laborales, salud pública, infraestructura tecnológica que proporcione igualdad de oportunidades y reglas ambientales que sirvan de escudo para que el mercado no devore a la gente y facilite la convivencia.
Conclusión
Perdimos la oportunidad de quitarle el filo al hacha y ahora estamos en riesgo de destruir lo poco que se pudo construir de bosque social. El hacha anarcocapitalista se impuso con el permiso de muchos «árboles» que, muy probablemente, van a terminar viviendo en carne propia la falta de lo básico para una vida digna.


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