
Pablo Madera
Politólogo y Comunicador Social Universidad Javeriana
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Hay imágenes que parecen pequeñas, casi anecdóticas, pero terminan diciendo mucho más de una época que un discurso presidencial o un informe económico.
Esta es la foto: un barco cargado de café, cacao, confites y textiles sale de Buenaventura rumbo a Abiyán; otro, zarpa desde Cartagena hacia Casablanca. Durante siglos, el destino de esos cargamentos procedentes de nuestro país fue Sevilla, Rottterdam, Hamburgo o, más tarde, New York.
Europa y, siglos después, Estados Unidos aparecían como el destino natural de nuestras exportaciones y de nuestra imaginación económica. África casi nunca figuraba en el mapa. No porque estuviera lejos, sino porque el orden internacional nos enseñó que las periferias no comercian entre sí: cada una mira hacia su metrópoli y espera instrucciones.
Por eso creo que lo verdaderamente importante de este acercamiento entre Colombia y África no son, al menos por ahora, las cifras. Lo importante es el gesto político: dos regiones atravesadas por una historia común de esclavitud, colonialismo, extractivismo y dependencia empiezan a reconocerse sin que el Norte ocupe el centro de la conversación. Puede parecer un detalle menor, pero durante demasiado tiempo el Sur aprendió a conocerse por intermediarios. Sabíamos más de París que de Dakar, más de Londres que de Lagos, más de Washington que de Nairobi. Hasta nuestros mapas parecían hechos para recordarnos que todas las rutas importantes terminaban arriba. Como si el abajo no existiera.
Claro que el entusiasmo no puede hacernos perder de vista la realidad. Las cifras del Ministerio de Comercio muestran un crecimiento importante: en 2025 Colombia alcanzó un superávit comercial con África cercano a los cuatrocientos millones de dólares; las exportaciones no minero-energéticas crecieron más de un ciento veinte por ciento y los alimentos multiplicaron varias veces su participación. Son datos alentadores porque cualquier economía necesita diversificar mercados si quiere reducir su dependencia de una sola potencia. Pero los mismos números esconden una advertencia menos optimista: África representa apenas poco más del uno por ciento de nuestras exportaciones y cerca de la mitad de lo que seguimos enviando continúa siendo carbón y petróleo. Es decir, cambia el puerto de destino, pero todavía no cambia el lugar que ocupamos en la economía mundial.
Ahí aparece una pregunta que, a mi juicio, es mucho más importante que el balance comercial. ¿Qué tipo de relación queremos construir entre dos regiones que conocen demasiado bien el precio de haber sido periferias? Porque existe un riesgo evidente: que Colombia termine relacionándose con África de la misma manera en que Europa se relacionó con nosotros. Exportando naturaleza e importando conocimiento. Vendiendo materias primas y comprando tecnología. Cambiando de cliente, pero no de lógica.
David Harvey lleva años insistiendo en que el capitalismo no solo produce riqueza; también produce geografía. Va organizando el planeta de manera que unos territorios concentran la capacidad de innovar, financiar y decidir, mientras otros quedan especializados en extraer minerales, cultivar alimentos o suministrar energía. A eso lo llamó desarrollo geográfico desigual. Me gusta esa idea porque obliga a mirar más allá de las cifras. El problema nunca ha sido únicamente cuánto exportamos. El problema siempre ha sido quién captura el mayor valor de aquello que producimos y quién decide las reglas bajo las cuales ocurre ese intercambio.
Mientras escribía estas líneas volví a una idea que he venido trabajando desde hace algún tiempo y que cada vez me convence más: la globalización nunca llega primero a los puertos; llega primero a la capacidad del Estado para decidir qué hacer con ellos. Un puerto no es solamente un lugar donde atracan barcos. Es una decisión sobre qué sectores de la economía se fortalecen, qué conocimientos permanecen en el país, qué empresas aprenden, qué industrias nacen y cuáles seguirán dependiendo del exterior. Lo mismo ocurre con cualquier tratado comercial. Antes que un intercambio de mercancías, es una apuesta sobre el tipo de territorio que queremos construir.
Por eso la discusión sobre África no debería reducirse a celebrar que encontramos nuevos compradores para nuestros productos. Esa sería una victoria demasiado modesta. La verdadera pregunta es si esta relación servirá para diversificar nuestra estructura productiva, desarrollar capacidades tecnológicas propias, fortalecer universidades, impulsar innovación agrícola o construir cadenas de valor compartidas entre economías del Sur. Si la respuesta termina siendo únicamente vender más carbón, habremos perdido una oportunidad histórica. El Sur no necesita repetir el libreto económico del Norte con otros protagonistas.
En esto coinciden, desde lugares muy distintos, autores como Arturo Escobar, Miriam Lang o Edgar Novoa. Todos, de una u otra manera, advierten que el desarrollo deja de ser emancipador cuando consiste simplemente en imitar el camino recorrido por las economías centrales. La pregunta nunca ha sido cómo parecernos al Norte. La pregunta es cómo construir formas de prosperidad compatibles con nuestros territorios, nuestras comunidades y nuestras necesidades. En otras palabras, el problema no es comerciar. El problema es terminar pareciéndonos demasiado a quienes durante siglos nos enseñaron a hacerlo.
Y ahí aparece mi preocupación frente al gobierno que comienza. Todo indica que su política exterior volverá a privilegiar una relación casi exclusiva con Washington y con los aliados tradicionales de Occidente. Tiene derecho a hacerlo. Pero sería un error estratégico abandonar el lento acercamiento que Colombia venía construyendo con África únicamente porque nació bajo otro signo político. Las políticas de Estado no deberían cambiar cada cuatro años según el color de la banda presidencial. Mucho menos cuando se trata de abrir espacios de autonomía para un país que históricamente ha dependido de mercados ajenos.
Porque, al final, la discusión nunca ha sido si Colombia debe mirar al Norte o mirar al Sur. Esa sigue siendo una falsa disyuntiva. Un país soberano y serio comercia con todos. La verdadera discusión consiste en otra cosa: ¿seguiremos siendo un territorio por donde pasan los flujos de la globalización o construiremos, por fin, un Estado capaz de orientarlos hacia un proyecto propio de desarrollo? Ahí está la diferencia entre administrar la globalización y gobernarla.
Quizás esa sea la gran tarea de este siglo para países como el nuestro. No cambiar de amo, sino dejar de necesitar uno. No reemplazar una dependencia por otra, sino aprender a negociar desde nuestras propias prioridades. Porque el Sur ya aprendió, a golpes, dónde queda el Norte. Va siendo hora de que aprenda también a mirarse a sí mismo y a descubrir que, cuando dos periferias deciden encontrarse como iguales, no solo cambian las rutas de los barcos. También puede empezar a cambiar la geografía del poder.


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