
Hernán Darío Correa
Sociólogo. Editor. Ensayista
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Las clases altas del país han votado, postradas ante las aparentes soluciones fáciles de sus expectativas rentísticas y de distinción social a toda costa, las cuales se han renovado una y otra vez a lo largo de nuestra historia, y ahora se proponen en el mundo ficticio e incierto de la sociedad de consumo y del capitalismo de la guerra, la información y el control mediático.
La trayectoria de uno de sus hijos, Alfonso López Michelsen, miembro de una familia que marcó la política nacional durante más de un siglo, es el ejemplo más diciente de esa postración y de los extremos truculentos de las posturas clasistas de racismo, misoginia y colonialismo interno investidos de cinismo, crueldad y violencia, ahora reinventadas como una lucha de clases a la inversa que busca desmontar las escasas reformas de inclusión social logradas durante los últimos cuatro años en el país. López dijo a mediados de los años 40 del siglo pasado: “No ha habido una fortuna en Colombia que no haya sido construida a partir del asalto a las rentas públicas” (Los Elegidos, novela, 1946, reeditada en 2022), y adelantó un debate a la fórmula del Frente Nacional llamando a su vecino Alberto Lleras “Moisés de Cartón” y “cipayo” por su pacto con los conservadores bajo la idea del olvido de La Violencia, y por su entrega a los designios de los Estados Unidos (“La Calle”, periódico del MRL); pero luego, en los años 70, como Presidente de la República, abrió la llamada “ventanilla siniestra” para el lavado de los dólares que se empezaban a acumular con la renta agraria del naciente narcotráfico, y canceló la expectativa de reforma agraria que había abierto su padre cuarenta años antes, cuando afirmó que el reparto de la tierra se había vuelto anacrónico en una ruralidad que muy pronto fue destinada a las explotaciones extractivas. Había sido el mejor bachiller de Francia en su promoción de los años 30, y fue descartado por su propio padre de la dirección de la revista Mito, cuando sus fundadores le preguntaron quién podría asumir esa tarea modernizadora de la cultura nacional, y aquel respondió: “A Alfonsito no lo busquen, que a él lo que le gusta es la platica.”
Ahora, cuando gravita sobre un país atónito ante su cinismo y postración el “misterio” de la preferencia electoral de dichas clases por el candidato delincuente y mafioso por encima de un progresismo reformista y apenas socialdemócrata, vuelven a la memoria algunos hitos de nuestra historia que confirman el aserto de Hegel: “El hecho no es más que el fardo que la tendencia deja tras de sí.” En este caso el hecho, constituido por esa opción electoral, es el fardo de la tendencia rentista de 150 años de los propietarios agrarios del país andino, de vender sólo el grano del café para que empresas europeas y norteamericanas lo transformaran y valorizaran como el mejor café del mundo; o el rentismo de las élites sociales y políticas bogotanas de asumirse como administradoras y beneficiarias de los empréstitos al naciente gobierno nacional por parte de don Pepe Sierra, “el hombre más rico de Colombia” venido de Antioquia, quien por encima del inmovilismo histórico de aquellos jalonó la urbanización de la capital del país; o el propio de los propietarios de las mejores tierras del país en el altiplano cundiboyacense, heredadas de las encomiendas coloniales o expropiadas violentamente a los campesinos para nutrir aquellas exportaciones primarias o convertirlas en alcancías rentísticas y de distinción social; o, finalmente, el de todas ellas acomodándose al lavado de dinero del narcotráfico hasta el punto de sumarse de forma incondicional a la propuesta neoliberal de finales del siglo XX de aniquilar las limitadas industrias nacionales a cambio del aprovechamiento de las “oportunidades” en el mercado mundial de bienes primarios como el carbón y el petróleo, y por supuesto, a esas alturas, del narcotráfico mismo…
“Sólo con una alta cuota de violencia y represión durante las próximas décadas, podrá instaurarse en el país el modelo de desarrollo nacional y rural que acaba de decidirse”, expresó en 1978 Jesús Antonio Bejarano en el libro Colombia hoy. Violencia que arrojó y sigue arrojando como trágicos “fardos”, el asesinato de cientos de miles de colombianos y el despojo de millones de campesinos y de trabajadores y empleados urbanos, incubados “culturalmente” en la más íntima dimensión del rentismo, que como se recordará se caracteriza por la explotación de una circunstancia de poder sobre la tierra o la política para imponer cuotas de las ganancias de lo producido por otros, el cual, por ende, los aleja de las responsabilidades de la convivencia y la reproducción social dentro de gobernanzas democráticas: Se trata de las disputas familiares por las herencias, las siniestras maniobras de parientes y vecinos alrededor del secuestro como negocio, el espionaje como instrumento económico y político, la especulación financiera y el despojo de los ahorros domésticos, entre otras prácticas macabras que han hecho parte de toda una tradición “civilizatoria” impuesta al país como espejo del ideal de enriquecimiento y poder desde la distinción urbana opuesta a la campesina e indígena y afro, y el control corrupto del Estado, ahora permeadas por los extremos altisonantes de una sociedad de consumo propia del capitalismo financiero automatizado, mafioso y salvaje de nuestro tiempo.
Esa tradición ha llevado a la inversión de los valores y las narrativas civilizatorias de la idealizada cultura francesa que miraron en el siglo XIX como su ideal de vida, hasta el extremo del cipayismo y el anhelo del sueño americano a lo largo del siglo XX que los llevó a exportar los capitales del despojo durante décadas hacia Miami, y a la postración actual de remedar a toda costa al impresentable presidente de los Estados Unidos y votar por el candidato nacional, con propuestas de enloquecidas políticas que paradójicamente ponen en riesgo sus visas y sus expectativas de vida en ese país, mientras se embelesaron con la camiseta del equipo nacional en las elecciones presidenciales, en medio de la parodia futbolística mundial de paz con base en jugadores inmigrantes utilizados y aplaudidos mediáticamente al tiempo que son despreciados y expulsados de sus países de llegada, o mirados por encima del hombro como sus sirvientes de ocasión.
Se trata de una postración y una decadencia históricas, políticas y sociales extremas, ahora en un mundo incierto, por parte de unas clases altas inspiradas tragicómicamente por el desprecio y el odio al país real y a quienes han votado por los cambios, y aferradas cínicamente a una lucha de clases invertida propia del frágil y altisonante intento mundial de reinventar un proyecto político para un capitalismo agotado pero extremado en sus violencias narrativas, políticas y bélicas, liderado en el caso de Colombia por precarias y pretendidas élites locales seguidoras de la nueva derecha americana, y propuesto como una parodia anacrónica de la “tradición, familia y propiedad” con los ropajes del religioso ecumenismo continental de nuevo tipo, y los blasones desteñidos y altisonantes de una vacua “moralidad” que aún con sus dobleces y su anunciada violencia, no podrán tapar por mucho tiempo el sol de la nueva época que ya se asoma desde los anhelos juveniles que votaron en su gran mayoría por el cambio.


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