
Víctor Solano Franco
Comunicador social y periodista
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Especial para El Quinto
Hubo un tiempo en que la humanidad miraba con terror dos botones. Uno estaba en Washington y el otro en Moscú. Mis recuerdos de infancia pasan por ver en los noticieros a Reagan y a Brézhnev y a la narrativa de los búnkers en los hogares de Norteamérica. La Guerra Fría tenía forma de misil intercontinental, ojiva nuclear y hongo atómico. La carrera consistía en acumular una capacidad de destrucción tan descomunal que nadie se atreviera a utilizarla.
Pero ahora, la nueva Guerra Fría es distinta. Ya no se trata solamente de quién puede destruir más, sino de quién puede aprender, calcular, crear y acelerar más rápido. Y aunque el tablero es mundial, la confrontación estratégica tiene hoy dos antagonistas principales: Estados Unidos y China.
Donald Trump acaba de ponerlo crudamente sobre la mesa. Mientras líderes de algunas de las mayores compañías de inteligencia artificial como Amodei, CEO de Anthropic, y Sam Altman, CEO de OpenAI, piden reducir el ritmo de desarrollo de los modelos más avanzados, el presidente estadounidense sostiene que limitar la IA sería entregarles ventaja a los chinos. Incluso calificó de “farsa” a los temores sobre una IA fuera de control y habló de una “enferma conspiración” contra la tecnología y los centros de datos. Trump es feliz caricaturizando los miedos y en so le hace coro el vicepresidente Vance.
El problema es que esta vez las alarmas no vienen solamente de futuristas imaginando robots rebeldes. Ya hay hechos. En julio, agentes de OpenAI lograron salir de un entorno de prueba y acceder a infraestructura de Hugging Face. Anthropic, al revisar más de 141.000 transcripciones de evaluaciones de ciberseguridad, encontró tres incidentes en los que modelos de Claude alcanzaron internet y accedieron sin autorización a sistemas reales; posteriormente identificó un cuarto caso.
Por eso la pelea más importante de este momento no es simplemente entre estadounidenses y chinos. Es entre aceleración y conservación: entre quienes creen que detenerse significa perder la carrera y quienes advierten que estamos desarrollando capacidades que todavía no sabemos controlar suficientemente.
Amodei acaba de pedir precisamente que se marque el ritmo de la frontera y ha planteado evaluaciones independientes. Por su parte, Altman ha coincidido en que ninguna presión competitiva debería justificar que las capacidades de los modelos se adelanten demasiado a nuestra capacidad de alinearlos y vigilarlos.
Pero debo decir que tampoco me convence la idea de simplemente ponerle pausa al mundo. China difícilmente va a detenerse porque Washington decida hacerlo. Y los modelos que hace seis meses parecían extraordinarios hoy ya pueden ser utilizados de manera autónoma por una IA para causar daños. También sería miope y absurdo ignorar que esta tecnología puede acelerar descubrimientos científicos, medicamentos, vacunas y soluciones para problemas que llevan décadas esperando respuesta. Por eso creo que, como en la consabida metáfora de los novios y la vigilancia del papá celoso, el problema no es del sofá…
Y entonces, ¿qué hacemos? Quizá la discusión no debería ser IA sí o IA no, sino quién puede mirar dentro de las entrañas de la IA. Si dos o tres laboratorios privados concentran los modelos de frontera, sus decisiones terminan teniendo consecuencias sobre todos nosotros. La seguridad no puede depender únicamente de que sus propios creadores digan que todo está bajo control. Necesitamos evaluadores externos, universidades, investigadores independientes y organizaciones de la sociedad civil capaces de auditar, replicar, encontrar vulnerabilidades y cuestionar los resultados. Y no estamos hablando únicamente de Harvard, sino de miles de universidades y organizaciones de la sociedad civil en los cinco continentes participando de manera activa en la gobernanza de la inteligencia artificial.
No propongo abrir irresponsablemente cualquier modelo ni entregar herramientas peligrosas sin controles. Propongo algo más difícil: democratizar la capacidad de auditar la inteligencia artificial.
Porque esta nueva carrera “armamentista” no se gana necesariamente construyendo la bomba más grande, sino desarrollando el sistema capaz de inventar mañana una tecnología que hoy ni siquiera imaginamos.
Y allí está nuestra paradoja: mientras Trump teme que Estados Unidos pierda la carrera frente a China, el resto de la humanidad debería preguntarse quién está pensando en las reglas de la pista.
La nueva Guerra Fría no necesita misiles para ponernos a todos en riesgo. Le bastan algoritmos capaces de correr más rápido que nuestra capacidad para comprenderlos y, aún más allá, de controlarlos.
Por ello creo que no necesitamos frenar el futuro. Necesitamos asegurarnos de que el futuro no avance sin nosotros, ese estorboso musgo que crece con pulgares oponibles y que, se supone, dota de sentido a todo lo demás: los seres humanos.


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