
Stella Ramírez G.
Analista política
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Cuando un periodista lleva un collar al cuello y un bozal en la boca, es imposible que exista información verdaderamente libre.
El periodismo nació para preguntar lo que otros no quieren responder, para investigar aquello que el poder pretende esconder y para poner sobre la mesa las verdades que resultan incómodas. Cuando deja de hacer eso, pierde su razón de ser.
Un periodista no puede ejercer su oficio con libertad si tiene miedo de perder la pauta, el empleo, el acceso al poder o los privilegios que obtiene por ser complaciente.
No puede ejercer porque está, literalmente, amordazado. Embozalado. Ese tapabocas no siempre se ve: a veces es el miedo a no obtener un contrato o perder la pauta publicitaria por decir lo que se piensa. A veces es una llamada desde un centro de poder o una amenaza velada
El bozal no siempre es impuesto por una orden explícita. Puede ser mucho más sofisticado: basta con saber qué temas es mejor no tocar, qué personajes no conviene incomodar y qué preguntas pueden cerrar puertas. Entonces ocurre algo peligroso: el periodista continúa hablando, pero deja de informar.
Habla mucho, pero pregunta poco. Opina mucho, pero investiga poco. Defiende mucho, pero contrasta poco. Termina convirtiéndose, consciente o inconscientemente, en el vocero de intereses que no son los de la ciudadanía.
No estoy hablando de periodistas que tengan una línea editorial, una posición política o una opinión. El periodismo de opinión existe y es legítimo. El problema aparece cuando la opinión se disfraza de información, cuando el sesgo se presenta como verdad absoluta y cuando los hechos son seleccionados según la conveniencia de quien paga, quien manda o tiene poder.
La ciudadanía merece algo mejor.
Merece periodistas capaces de preguntarle al Gobierno cuando se equivoca, pero también capaces de preguntarle a la oposición cuando miente. Merece medios que investiguen al poderoso sin importar el color político de su partido.
Porque el periodismo no puede convertirse en una herramienta para perseguir a unos mientras se protege a otros.
Si durante un Gobierno se denunciaba hasta el último detalle y durante otro se justificaba lo injustificable, entonces no estamos frente a una prensa rigurosa: estamos frente a una prensa selectiva. Y la selectividad también puede ser una forma de censura.
Una democracia necesita medios incómodos para el poder. Necesita periodistas que no acepten el bozal o que tengan el valor de quitárselo.
Porque cuando el periodista deja de incomodar al poderoso, la ciudadanía paga el precio pues no puede saber la verdad, tiene votar con información falsa o incompleta y termina creyendo que una realidad cuidadosamente editada es la verdad.
Por eso hay que decirlo sin miedo: la prensa no es libre cuando solo critica al adversario del dueño del bozal. La verdadera independencia periodística se demuestra precisamente cuando resulta costosa. Cuando investigar puede cerrar una puerta. Cuando preguntar puede generar una llamada incómoda o producir ataques. Cuando mostrar los hechos puede significar quedarse solo.
Ahí es cuando se sabe quién ejerce el periodismo y quién simplemente cumple una función dentro de una maquinaria de poder. Un periodista con collar puede hablar. Un periodista con bozal puede escribir. Pero ninguno de los dos puede difundir información libre, rigurosa y veraz.
Cuando la ciudadanía paga ese precio, la democracia empieza a desaparecer. Porque la democracia no muere únicamente cuando silencian a los periodistas. También se debilita cuando los periodistas, pudiendo hablar, prefieren callar.
De ahí el auge de los medios alternativos que, sin los recursos de los medios hegemónicos, son los que hoy por hoy muestran la verdad con independencia y rigor.


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