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Cuando alguien afirma que la guerra solo la conocen quienes empuñaron un fusil, pienso en todas las mujeres, campesinos, niños y ancianos que nunca dispararon un arma, pero pasaron años sobreviviendo entre retenes, amenazas, silencios y miedo. Ellos también conocieron la guerra. Y quizá fueron quienes pagaron su precio más alto.

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Mi pueblo no se estaba acabando de un solo golpe. Se estaba yendo por cucharadas, por tragos, por recetas olvidadas, por cultivos que ya nadie siembra y por sabores que ya nadie enseña

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Mientras el ciudadano tiene los ojos puestos en el cielo esperando un milagro, no ve cómo le meten la mano en el bolsillo en la tierra.

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La responsabilidad de una democracia consiste en que aquello que desaparece de la vista nunca desaparezca de la confianza pública.

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El mejor homenaje que podemos rendirle a Gustavo es continuar su lucha; enarbolar, pese a la adversidad, su bandera en defensa de los derechos humanos y de la justicia para los pobres.