El resurgimiento del misticismo como herramienta de control político.

Gerardo González Uribe
Administrador de empresas, Especialista en finanzas y marketing de la Universidad de los Andes.
Estudios en Ontología con el Dr Humberto Maturana.
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En los últimos tiempos, se ha empezado a sentir un aire extraño en las plazas públicas y en las redes sociales de Colombia. Ya no solo se habla de presupuestos, de leyes o de infraestructuras; ahora, el lenguaje que domina la escena es el de los milagros, las profecías y los designios divinos. Parece que la política ha dejado de ser un ejercicio de ciudadanos que discuten ideas para convertirse en una especie de culto religioso masivo.
Cuando se escucha la frase «Dios ha llegado a Colombia» o se ve a líderes políticos con los ojos entornados al cielo gritando «Gloria a Dios» tras un triunfo electoral, es necesario detenerse y preguntarse qué hay detrás de esta puesta en escena. Lo que estamos viviendo no es un despertar espiritual desinteresado, sino el uso magistral del misticismo como una tecnología de poder diseñada para controlar a las masas y blindar a los gobernantes de cualquier crítica racional.
El guion del caos: El diluvio y el arca de salvación
Para que un líder pueda presentarse como un enviado de Dios, primero necesita convencer a la gente de que el mundo se está acabando, que estamos en el caos. Históricamente, desde las antiguas civilizaciones de Mesopotamia hasta el presente, el relato del diluvio ha sido la herramienta favorita de quienes ansían el poder absoluto. En Colombia, este guion se está aplicando al pie de la letra. Se construye una narrativa donde el país está sumergido en un «diluvio» de corrupción, caos y maldad.
En este escenario de tragedia inminente, figuras como Carlos Alonso Lucio han sabido tejer un simbolismo muy potente. Al presentar al gobierno o a una campaña política como el «Arca de Noé», se le está diciendo a la gente que afuera solo hay muerte y destrucción, y que la única forma de salvarse es subirse a ese barco político. Esta metáfora no es inocente: si el líder es el arquitecto del arca por instrucción divina, entonces sus decisiones no pueden ser cuestionadas.¿Quién se atrevería a criticar los planos de Noé mientras el agua le llega al cuello? Así, la gestión pública se eleva a un plano místico donde la lógica desaparece y solo queda la fe ciega.
La máscara de la fe: Borrón y cuenta nueva
Uno de los usos más efectivos de esta «política mística» es el ocultamiento de trayectorias pasadas. En el caso colombiano, resulta fascinante observar cómo personajes con historiales profundamente sórdidas y cuestionables encuentran en la religión el lavadero perfecto para su imagen pública. Se ha visto cómo figuras vinculadas a los sectores más oscuros de la política y el derecho, como Abelardo de la Espriella, empiezan a rodearse de una retórica espiritual.
Al presentarse como «outsiders» o como hombres renovados por la gracia de Dios, estos líderes buscan que la ciudadanía olvide sus acciones previas. La idea es simple: si Dios ya los perdonó, ¿quién es el pueblo para juzgarlos?
Bajo la máscara de la religión, se esconden pasados de embaucadores, operadores de las cloacas de la mafia o gestores de la corrupción. La «Patria Milagro» que prometen sirve como un mecanismo para evitar la rendición de cuentas. Se desplaza la responsabilidad política hacia un ámbito sobrenatural, donde supuestamente es una voluntad superior la que guía sus manos, y no sus propios intereses económicos o los de las élites que representan y son la verdadera “mano que mece la cuna”.
El modelo de la «Iglesia-Franquicia» y la ingeniería social
Este fenómeno no es un invento criollo, sino una adaptación de modelos de control global. Lo que hoy vemos en América Latina es la implementación de lo que podría llamarse el «modelo de franquicia» eclesial. Ciertos movimientos evangélicos modernos ya no operan como las iglesias tradicionales, centradas en la comunidad y la teología, sino como corporaciones multinacionales de propaganda.
Estas estructuras funcionan de manera similar a una cadena de comida rápida: el mensaje está estandarizado, es fácil de digerir y se expande con una rapidez asombrosa. A través de eventos masivos y un marketing emocional agresivo, se capta a creyentes sinceros que buscan una conexión espiritual y, sin que se den cuenta, se les integra en redes de influencia geopolítica. El objetivo de esta ingeniería social es transformar la fe en una base electoral incondicional. Se elimina la autonomía del pensamiento crítico y se reemplaza por dogmas que dictan no solo a quién votar, sino también a quién odiar.
El «Poder Blando» y la geopolítica de la oración
Detrás de la invasión de discursos religiosos en la política latinoamericana hay intereses que trascienden fronteras. Desde la Guerra Fría, se han desarrollado programas de «guerra doctrinal» diseñados para cooptar instituciones religiosas y convertirlas en instrumentos de lo que los expertos llaman poder blando. En lugar de usar tanques o aviones, se usan biblias y púlpitos para alinear a las poblaciones con agendas extranjeras.
Un ejemplo claro es el auge del sionismo cristiano en la región. No se trata de una teología antigua, sino de un constructo moderno diseñado para asegurar el apoyo incondicional a políticas exteriores específicas. En Argentina, el caso de Javier Milei es ilustrativo: su identificación radical con el sionismo y su uso de las «fuerzas del cielo» como narrativa de poder buscan replicar ese éxito en el control de las masas, alineando los sentimientos religiosos de la población con intereses geopolíticos y económicos muy concretos que favorecen a ciertas castas políticas internacionales.
La inducción a la pasividad: El opio del «Fin de los Tiempos»
Otra pieza fundamental de esta maquinaria es la promoción de ideologías sobre el «fin del mundo» o el apocalipsis inminente. Cuando un líder convence a sus seguidores de que todo lo que sucede está predeterminado por profecías bíblicas y que el final de los tiempos está a la vuelta de la esquina, el resultado es la parálisis social.
A este estado se le conoce en algunos círculos como estar sumido en la catatonia social. Si el mundo se va a acabar mañana porque así lo quiere Dios, ¿para qué molestarse en protestar contra la desigualdad, exigir mejores servicios de salud o vigilar cómo se gastan los impuestos? Las narrativas apocalípticas desmovilizan a la gente, convirtiendo a ciudadanos activos en espectadores pasivos que esperan un evento mágico mientras las élites saquean los recursos del Estado. Es una forma extremadamente eficiente de control: la gente acepta el sufrimiento material presente como una prueba espiritual necesaria antes de la redención final.
El retroceso a la gobernanza premoderna. Un camino para la Colombia que se avecina.
Lo que realmente está en juego con este resurgimiento del misticismo es el hundimiento de la modernidad.
Durante siglos, la humanidad luchó por separar la religión de la política, permitiendo que la razón y la evidencia fueran los jueces de la gestión pública. Ese equilibrio permitió el surgimiento de la ciencia y los estados laicos, donde todos somos iguales ante la ley, independientemente de lo que creamos.
Sin embargo, al declarar que «Dios ha llegado a Colombia» para guiar el gobierno, se está regresando a modelos de hace mil años, donde la autoridad no se justificaba por los resultados o la lógica, sino por la voluntad divina. Es un retorno a la oscuridad de la Edad Media, donde el líder político vuelve a ser el sumo sacerdote.
Este retroceso no busca salvar al país, sino blindar a los clanes de poder regionales y a las oligarquías, permitiéndoles gobernar mediante el dogma y la emoción primitiva (el miedo y el odio) en lugar de hacerlo mediante el debate público informado.
Conclusión: El despertar de la razón
El misticismo en la política funciona como un anestésico social. Mientras el ciudadano tiene los ojos puestos en el cielo esperando un milagro, no ve cómo le meten la mano en el bolsillo en la tierra. La espiritualidad es una dimensión valiosa del ser humano cuando busca la elevación de la conciencia y la libertad del alma, pero cuando se mezcla con los intereses de corto plazo de los partidos políticos, se convierte en una herramienta de opresión.
Comprender que estamos siendo objeto de una ingeniería social sofisticada es el primer paso para recuperar nuestra dignidad como ciudadanos. No se puede permitir que el “Gloria a Dios» reemplace a la rendición de cuentas, ni que el «Arca de Noé» sea el refugio de quienes huyen de su propio oscuro pasado. La única defensa eficaz contra este resurgimiento autoritario es volver a los valores de la razón, el diálogo abierto y la exigencia de evidencias.
Dios puede que esté en los corazones de muchos y esto es respetable, pero en un sistema de gobierno, lo que se necesita es un ciudadano consciente que no se deje embaucar por falsos profetas.


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