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Siempre supe que la maleta pesaba bastante, porque creo que allí metió algún día palabras de perdón, historias que faltó contar y arrepentimientos.

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La historia no avanza: se repite, con mejores cámaras, discursos más pulidos y muertos más anónimos.

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No es búsqueda de identidad ni de ocio: es consumo disfrazado de infancia pendiente.

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Volver a Colombia no es turismo exótico ni choque cultural: es regresar a lo que uno ya conoce. No hay sorpresa, hay memoria.

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Cuando la guerra se vuelve costumbre, callar es empezar a obedecer.


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Esto no es la solución definitiva de los problemas del país, pero sí una mejora real que desmonta la narrativa del empobrecimiento generalizado.

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El mal no siempre es grotesco ni irracional: puede ser elegante, funcional y deliberado. Y justamente por eso es más difícil de detectar y combatir.