Una reflexión sobre territorio, vulnerabilidad, descentralización y capacidad estatal después de una emergencia

Pablo Madera
Politólogo y Comunicador Social Universidad Javeriana
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Primera parte: territorio, vulnerabilidad y presencia institucional del Estado
Hay preguntas que solamente pueden hacer los niños porque todavía no han aprendido a aceptar como normales situaciones que los adultos llevamos años explicando. Un niño de Condoto podría preguntar por qué todos hablan de su pueblo después del terremoto si muchas de las personas que aparecen en televisión nunca han recorrido sus calles, sus ríos o sus comunidades más apartadas.
Podría preguntar por qué aparecen funcionarios, ministros y autoridades hablando de reconstrucción si él sabe que llegar a algunas comunidades no depende solamente de tomar una carretera y bajarse de un vehículo. En muchos territorios es necesario navegar por los ríos, esperar una lancha o caminar por caminos que rara vez aparecen en los mapas oficiales.
No sabemos si ese niño existe. Y quizás allí está precisamente la reflexión más profunda. Para saberlo tendríamos que haber ido a Condoto, escuchar a sus habitantes y preguntarles qué ocurrió cuando comenzó el temblor, cómo enfrentan la emergencia y qué esperan ahora del Estado.
Lo que sí sabemos es que miles de niños, mujeres, campesinos, comunidades étnicas y personas mayores en territorios afectados por emergencias tienen preguntas similares. La tragedia deja una pregunta nacional: ¿por qué muchas veces el Estado conoce profundamente los territorios después de que algo se rompe?
Condoto permite iniciar esa reflexión. Su historia está relacionada con el oro, el platino, los ríos y una riqueza natural que durante décadas convivió con dificultades asociadas a infraestructura, servicios públicos y presencia institucional. El terremoto no encontró solamente viviendas vulnerables; encontró condiciones sociales e institucionales construidas durante generaciones.
La tierra puede temblar en segundos, pero las condiciones que convierten un fenómeno natural en una tragedia social se construyen durante años.
El 10 de agosto, un sismo de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, generó afectaciones en diferentes zonas del país. Más allá de las cifras, cada dato representa una historia humana y una pregunta sobre la capacidad del Estado para llegar a quienes viven más lejos de los centros de decisión.
Esta situación puede analizarse desde los planteamientos de Wallace Oates sobre el federalismo fiscal. Su idea central señala que las decisiones públicas pueden ser más eficientes cuando se toman cerca de las comunidades, siempre que los gobiernos locales tengan las capacidades necesarias para ejecutarlas.
Colombia avanzó en descentralizar responsabilidades, pero todavía enfrenta el desafío de descentralizar capacidades. Muchos municipios tienen obligaciones relacionadas con ordenamiento territorial, gestión del riesgo y atención ciudadana, pero no siempre cuentan con suficientes profesionales, información técnica, recursos o estructuras institucionales permanentes.
Por eso el helicóptero se convierte en un símbolo. No porque esté mal que las autoridades lleguen a los territorios, sino porque su llegada no puede confundirse con la presencia permanente del Estado.
Un helicóptero puede transportar ayuda inmediata, pero no puede reemplazar años de fortalecimiento institucional. No puede llevar un catastro actualizado, una oficina de planeación fortalecida, estudios técnicos pendientes ni capacidades locales construidas previamente.
La reconstrucción no debe limitarse a levantar edificios. Debe convertirse en una oportunidad para fortalecer el Estado territorial: mejorar colegios y hospitales, fortalecer gobiernos locales, actualizar información, mejorar sistemas de prevención y garantizar que las comunidades tengan herramientas para enfrentar futuras emergencias.
El verdadero reto será saber qué queda instalado cuando desaparecen las cámaras. La reconstrucción se medirá por las capacidades permanentes que permanezcan en los territorios.
Quizás el niño de Condoto exista. Quizás no. Pero representa una pregunta que sí existe y pertenece a muchos territorios colombianos:
¿Quién se acordará de nosotros cuando dejemos de aparecer en televisión?
Cuando los helicópteros regresen y la emergencia desaparezca de los medios, debe permanecer una obligación democrática: construir un Estado que no llegue únicamente después del desastre, sino que esté presente antes, durante y después de las crisis.
Conclusión
El caso de Condoto refleja un desafío mayor de la administración pública colombiana: pasar de una presencia estatal reactiva a una presencia institucional preventiva, permanente y cercana al territorio. La gestión del riesgo y la garantía de derechos requieren recursos, pero también instituciones locales fuertes y comunidades con capacidad de participación.


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