
Juan Carlos Silva
Magíster en Lingüística y Economista UPTC
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A partir de informaciones tomadas de la web, estos son algunos de los vaticinios sobre quién podría ser el nuevo galardonado con el Premio Nobel de Literatura.
El jueves 8 de octubre, a la una de la tarde en Estocolmo, seis de la mañana en Colombia, la Academia Sueca abrirá un sobre y pronunciará un nombre. Hasta ese momento, todo lo demás son conjeturas: listas, apuestas, preferencias de libreros, críticos que creen haber descubierto una señal, lectores que cruzan continentes y, finalmente, esa forma tan humana de la literatura que consiste en decir: Yo creo que va a ser este.
El Nobel de Literatura es quizá el premio que mejor se presta a la cábala porque sus deliberaciones son secretas y no existe una lista oficial de candidatos. Las casas de apuestas, por tanto, no saben más que nosotros. Apostar por un escritor es apostar sobre una nube.
Y, sin embargo, la nube tiene formas. Este año hay varias.
CHINA: CAN XUE
Si hubiera que poner ahora mismo un nombre sobre la mesa, Can Xue sería imposible de ignorar. La escritora china, conocida por su narrativa experimental, aparece entre los primeros nombres de las quinielas y encabeza actualmente algunas de las apuestas. Su literatura tiene, además, esa cualidad que suele dar como resultado el Nobel: es casi imposible reducirla a una tradición nacional o a un género determinado. Can Xue sería, en cierto modo, una elección inesperada y, también, esperable.
CANADÁ: ANNE CARSON
Y aquí hay otra gran cábala. Anne Carson. Poeta, ensayista, traductora, clasicista, escritora que atraviesa los géneros como si los géneros fueran puertas abiertas. Las librerías consultadas por La Voz de Galicia la colocan entre las grandes favoritas; en otro mercado de apuestas aparece incluso encabezando la lista. Carson tiene algo que interesa particularmente: su obra pone en cuestión la frontera misma entre poesía, pensamiento, narración y ensayo. Y aquí hay una de las claves de nuestro tiempo: ¿Qué ocurre cuando la literatura deja de estar encasillada tal como se acostumbra?
MÉXICO: CRISTINA RIVERA GARZA
La carta latinoamericana más visible es Cristina Rivera Garza. México aparece con una fuerza considerable en las quinielas de este año, y Rivera Garza figura entre los nombres recurrentes de las apuestas y de las conversaciones de libreros. Sería también una manera de reconocer una literatura que escudriña la memoria, el archivo, la violencia, la escritura y las formas en que una sociedad intenta contarse a sí misma.
INDIA: AMITAV GHOSH
Otra carta que está en juego es Amitav Ghosh. Lo interesante aquí es la discrepancia entre las distintas apuestas. En algunos mercados aparece muy arriba; en otros, más abajo. Esa divergencia es justamente lo que hace que una cábala sea una cábala. Ghosh representaría además una literatura capaz de atravesar fronteras geográficas, históricas y lingüísticas: colonialismo, migraciones, clima, comercio, océanos, memoria.
ARGENTINA: CÉSAR AIRA
Y luego está César Aira. Aira es uno de esos nombres que parecen estar siempre a punto de recibir el Nobel y uno deja de saber si está cerca o si pertenece ya al paisaje permanente de las quinielas. Pero su caso tiene una particularidad: ha convertido la invención literaria en una especie de máquina de producir posibilidades. Y aquí la palabra algoritmo resulta inevitable. Una novela de Aira puede parecer una operación que se va inventando a sí misma mientras avanza.
ESPAÑA: ENRIQUE VILA-MATAS
Enrique Vila-Matas es otra carta hispánica que interesa. El escritor español aparece entre los nombres que los libreros y las listas de apuestas vienen considerando. Y su presencia tendría algo de inevitable: un escritor cuya literatura ha hecho de la propia literatura su materia, alguien que ha convertido la lectura, la escritura, los escritores y la identidad del escritor en personajes de una misma ficción.
AUSTRALIA: GERALD MURNANE
Gerald Murnane es uno de esos nombres que parecen pertenecer a otra frecuencia. Está muy presente en algunas quinielas, aunque no ocupa el mismo lugar en todas. Y por eso resulta interesante: el Nobel no se decide por popularidad.
ESTADOS UNIDOS: THOMAS PYNCHON
Y todavía queda Thomas Pynchon. Y la vieja pregunta: ¿Cómo es posible que todavía no? Pynchon pertenece a esa categoría de escritores cuya influencia parece mayor que cualquier premio. Si apareciera su nombre, produciría menos sorpresa que una especie de reconocimiento tardío. Pero el Nobel tiene una larga relación con las deudas.
LAS CARTAS ESCONDIDAS
Ahora bien: las favoritas no son lo que más interesa. Lo interesante está en la carta escondida. Porque una carta escondida es aquella que, cuando aparece, hace que todos digamos: ¿Cómo no lo vimos? Ahí pondríamos algunos nombres: Mircea Cărtărescu, de Rumania. Ersi Sotiropoulos, de Grecia. Ivan Vladislavić, de Sudáfrica. Diamela Eltit, de Chile. Don DeLillo, de Estados Unidos. Lídia Jorge, de Portugal. Y alguno más que seguramente ahora nadie estará mencionando y que después nos parecerá evidente —valga decir Murakami, por ejemplo—.
Las listas de apuestas incluyen muchos de estos nombres, pero con posiciones muy variables. Y esa dispersión nos recuerda algo esencial: las apuestas no son conocimiento del Nobel; son apuestas sobre el Nobel.
¿Y COLOMBIA?
Aquí es donde la cábala se vuelve más personal. Si alguien preguntara hoy por una carta colombiana escondida, diríamos: PABLO MONTOYA. No aparece entre los grandes favoritos internacionales de este momento. Sin embargo, Montoya tiene una obra que desborda la etiqueta de literatura colombiana. Novela, cuento, poesía, ensayo, traducción, historia del arte: una escritura que constantemente pone a Colombia a conversar con Europa, con la Antigüedad, con la pintura, con la música y con la historia.
Y acaba de publicar El jardín del mundo, una novela nacida de su fascinación por El Bosco y construida durante años entre Medellín y Madrid. Hay algo particularmente logrado en esa nueva novela. El jardín de El Bosco. La pintura. El cuerpo. La historia. La religión. El deseo. La palabra. El mundo. Es decir: un escritor colombiano entrando en la historia universal por una pintura flamenca. Eso es lo que hace una literatura grande: parte de un lugar y termina en otra parte. Por eso, si tuviéramos que guardar una carta colombiana en el bolsillo sin enseñársela a nadie, escribiríamos: PABLO MONTOYA.
Y detrás pondríamos: Laura Restrepo. Piedad Bonnett. Juan Gabriel Vásquez. Héctor Abad. No como una lista de probabilidades, sino como distintas maneras de imaginar una sorpresa colombiana.
Y AHORA, LA CÁBALA
Después de haber mirado las apuestas, los nombres, las lenguas, las tradiciones y las sorpresas, el pequeño papelito para el jueves tendría cuatro nombres:
CAN XUE — CHINA
ANNE CARSON — CANADÁ
CRISTINA RIVERA GARZA — MÉXICO
PABLO MONTOYA — COLOMBIA
El primero porque aparece con enorme fuerza en las quinielas. El segundo porque representa una literatura que ha hecho saltar las fronteras entre géneros. El tercero porque América Latina tiene ahí una voz particularmente potente. Y el cuarto porque una buena cábala necesita una carta escondida.
Pero hay algo más. El verdadero juego del Nobel no es adivinar quién ganará. Es observar qué literatura estamos esperando que gane. Esperamos una mujer. Esperamos una lengua menos visible. Esperamos una literatura periférica. Esperamos una literatura experimental. Esperamos una reparación histórica. Esperamos una sorpresa. Esperamos, en el fondo, que la Academia nos diga algo sobre la literatura que todavía no habíamos terminado de decir nosotros.
Y ahí está la gracia. Porque el jueves, cuando se abra el sobre, todos los nombres que ahora nos parecen posibles desaparecerán de golpe, salvo uno. El Nobel convierte retrospectivamente la incertidumbre en destino. Durante este miércoles tendremos quinielas. Y el jueves por la mañana tendremos literatura. Y después de escuchar el nombre del ganador comenzará la operación más particular de todas: explicar por qué era evidente —o por qué no estaba en las predicciones.
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