
Juan Camilo Quesada Torres
Doctorando en Sociología UNSAM/EIDAES (Argentina)
Investigador en Economía popular
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Además de un par de mesas de Ping-Pong y un juego de lo que en Colombia llamamos futbolín (“metegol” en el río de La Plata), la sala de estudiantes de Flacso – Ecuador tenía una gran televisión con conexión a servicio de TV satelital. Con gente de América Latina habitamos ese lugar entre 2014 y 2016 siempre atentos de eliminatorias y Copas América; inventamos torneos de tenis de mesa y futbolín y, una que otra vez, logramos entrar alguna cerveza oculta entre las ropas y las mochilas.
Durante un tiempo viví cerca de Flacso y, en época de competencias ciclísticas, madrugaba para llegar allí a ver en pantalla gigante las tres grandes carreras: Giro, Tour y Vuelta. Algunas tardes después de clase, sólo algunas, bajábamos hasta el subsuelo donde estaba esa sala para pasar tiempo revisando las películas de TV. Entre risas y lágrimas depositadas en un sofá enorme vimos clásicos recientes del cine dramático comercial yankee: “PS: I Love You” fue su epítome.
Hoy recuerdo el día en que vimos Hachiko, la historia de un perro que crea una relación muy cercana con su amo (alerta spoiler), tan cercana que, ante la muerte del amo, el perro continúa la rutina diaria propia de su mutua devoción. Fue tanto el fervor de aquella relación que inspiró la película que evoca el hecho real japonés.
Montevideo me viene trayendo eso de la devoción humanoperruna durante las últimas semanas. Hoy Instagram me sumó un extracto del diario El País de España, en el que su autora no puede dejar de notar que en todas las versiones de La Odisea siempre se hace referencia a Argos, el perro de Odiseo, como un hecho que da cuenta de la centralidad emocional de esa relación desde hace 2500 años.
En esta ciudad, Nina, la perra, murió hace casi dos meses en medio de una condición médica que la hizo sufrir en exceso haciendo necesario su sacrificio. En humano diríamos: le dimos una muerte digna. Yo no la vi más desde el 8 de febrero pasado cuando la dejé a la madrugada en la sala (livin) de la que entonces era mi casa. Un par de veces la vi a través de una videollamada pero los perros no reconocen sonidos ni imágenes mediadas por ondas electromagnéticas.
Nina y yo desarrollamos una relación tan fuerte que fue conmigo con quien viajó desde Buenos Aires hasta aquí el 31 de enero de 2025 cuando decidimos que la Argentina de Milei no era un país vivible ni para humanos ni para perros. Año y medio antes, cuando llegó a casa, pasaron un par de semanas en las que por temor me gruñía; fueron la costumbre, los mimos y uno que otro malentendido lo que le permitió reconocerme como uno de sus amos.
Sí, una parte de la devoción se juega en reconocer al otro como amo aunque sea de alguna partecita de la vida propia. De todas maneras, tampoco creo que sea posible o sano tener otro tipo de relación perro – humano, así algunos humanos lo intenten fervorosamente.
Parte de lo que hago en este país es dar clases en donde hablamos de territorio. El territorio de los animales no humanos, dice alguna autora por ahí, se define por la presencia efectiva o por la evocación de la presencia. Canto, rugido u olor a cualquier secreción definen sus límites.
Las calles de Montevideo, entre las cosas importantes, evocan a Nina. Una esquina conocida trae el recuerdo de un ladrido, un parque dibuja en la mente a una perra que busca la cosa más asquerosa que pueda encontrar para devorarla, una bicicleta que pasa me hacer recordar la fuerza sobre la correa tensada para que esa perra no hiciera huir a la persona montaba en cicla, una playa sobre el Río de La Plata desprende una sonrisa ante la imagen de Nina que se acerca veloz y alegre por el silbido que le tiro. Nina fue la gran compañía en un momento de intensa necesidad.
Al Hachiko de la película le hicieron una estatua en la ciudad japonesa donde vivió. El territorio de Nina en Montevideo está vivo y es sobre ese que puedo construir esta evocación a modo de estatua para ella…


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