
Juan Camilo Quesada Torres
Doctorando en Sociología UNSAM/EIDAES (Argentina)
Investigador en Economía popular
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Por estos días mido el tiempo de partido en partido. He ido a la cancha con mayor frecuencia que otras veces y, cada vez que termina un partido, ya espero el siguiente: de domingo a miércoles, de Techo a El Campín, de Bogotá a Tunja, de Chicó a Llaneros, de Liga a Sudamericana. Así avanza el tiempo en mi reloj.
Cuando cae la noche, el fútbol no solo es un juego: es un período que salta entre alegrías y tristezas. Se vuelve algo así como una medicina, una “droga fuertecita pero lícita, que se lleva la tristeza o la dormita, y murga entre semana o domingo de resucitar”, dice Nicolai Fella en su canción Estado popular del alma.
Esas cualidades del fútbol las conocen bien en el Río de la Plata, donde son capaces de reunir en un texto al dios más popular que conozco, Maradona, y a un autor representativo de la élite cultural, aspiracional, blanca y menemista argentina: Eduardo Sacheri. Vayan a escuchar Me van a tener que disculpar, narrado por Alejandro Apo.
Dice el autor en ese texto que “el fútbol es más que fútbol”, así como insinúa Nicolai. Claro que lo es, a pesar de que Sacheri pretenda negar la completitud maradoniana de ese dios en el que creo.
De todas maneras, hay dos personas que lo expresan mejor que nadie. Hernán Casciari, en Carta de un ama de casa a Diego Maradona, lo escribe y lo narra con la voz de su madre: “…hubo momentos en que no tuvimos nada, pero lo que se dice nada para poner sobre la mesa, y vos le dabas alegría a mi familia”.
Una señora que no gusta de Maradona por ser un “boca sucia” le agradece al Diego del 86 por su fútbol; él lo juega para la Tota, su madre, y en contra de los ingleses. Es como una madre agradeciendo a otra por su hijo, que, a pesar de sí mismo, es capaz de llevar felicidad a una casa —que son millones— y de vengar a un país dentro de una cancha en tiempos aciagos.
La otra persona, Luciano Olivera, escribe una carta a su padre fallecido titulada Caramelos y aspirinas. Es leída en vivo en la radio por Juan Pablo Varsky, el mejor comentarista deportivo que conozco, defensor del fútbol lírico y del macrismo: una paradoja. En la carta, Luciano transforma en algo hermoso la ausencia de su padre, añorando las alegrías que les daba el Independiente campeón de América de los años 80 en medio de las urgencias económicas.
Otra vez, vale la pena escuchar a Varsky emocionarse hasta las lágrimas con la lectura en vivo.
En el fútbol se encuentran lo hermoso y lo popular, porque ¿qué hay más popular que la alegría? Y también está la élite que desea apropiarse de ella. Es evidente que esa élite pretende hacer de esa alegría algo disponible solo a través del pago. Es decir: “Si quieres alegrarte, ven y paga la entrada o el canal de cable”. Pero ese no es un problema del fútbol, es un problema del mundo. Nada nuevo.
Sabemos del hambre de los grandes grupos económicos en su ímpetu por deglutir el juego, por hacer de lo popular un producto para enriquecerse. La dinámica de siempre.
Sin embargo, aparece la belleza. Los aficionados del Manchester United, por ejemplo, han popularizado el lema “Stop Exploiting Loyalty” (dejen de explotar la lealtad) frente a los precios exagerados de las entradas. Los hinchas de la popular de Millonarios tiraron sus zapatos a la cancha en protesta por la pésima gestión del equipo por parte del grupo inversor, buscando que se pusieran en los zapatos del hincha, en cómo sienten y viven el fútbol. Los hinchas del Celtic de Glasgow han sido de los más activos en la denuncia del genocidio en Gaza en los estadios que visitan (la FIFA hace parte de la junta que administrará Gaza). Todos quieren defender ese remedio frente a quienes solo ven un negocio.
Hay una imagen que resume bien todo esto: “El hogar está donde está tu corazón. Contra todos los partidos en el extranjero”, dice una pancarta de la popular Gelbe Wand (la Muralla Amarilla) del Borussia Dortmund, en rechazo al traslado a Miami de un partido de La Liga de España.
La expresión máxima del fútbol está en la alegría. A pesar de todo, se salta, se ríe, se come, se grita; todo ello señala a quienes buscan enriquecerse con ese sentimiento. Pero, sobre todo, el fútbol sirve para aliviar un hogar o una habitación donde alguien necesita un ídolo, una hinchada o un gol que le permita, por un instante, olvidarse de lo demás.
A pesar de las élites dueñas del fútbol, a pesar de Carlos Antonio y su defensa de las mafias de boletas que dominan el fútbol colombiano, a pesar de los jeques y de Ryan Reynolds, a pesar de Macri y de Florentino, de James, de Verón, de Lugano, de Tévez y de Messi, a pesar de la FIFA y de quienes defienden el fútbol farmacéutico en nuestros países, me gusta el fútbol desde siempre. Ya antes me dio una alegría enorme en un momento complicado. Sobre todo, me ha dado alegrías de todos los tipos en momentos menos difíciles, y he celebrado cada manifestación popular que se opone a quienes quieren adueñarse de todo.
Mi reloj va a seguir marcando el tiempo en partidos de Millonarios, y la duración de la alegría se medirá en goles y derrotas por un tiempo más. Pero prometo que solo será un rato más, mientras llega el domingo en que vamos a resucitar, o un martes de fútbol en alguna canchita de fútbol 7, que precede la alegría del juego terminado y permite “invitar lo que está sobre la mesa”, como dice Nicolai.


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