
Laura Henao
Antropóloga – Magíster en Literatura – Estudios técnicos en danza contemporánea – Estudios de especialización en psicología transpersonal con énfasis en danza y respiración holotrópica
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Yo tenía unos trece años cuando mi madre nos llevó a BIMA era un megamercado de muebles por la autopista norte en Bogotá. Ese día mi madre nos regaló a mi hermana Lina y a mí camas nuevas y con ellas un póster para adornar las paredes de nuestras nuevas habitaciones. Ese día creo que pasaron dos cosas: Uno, comprendí que la situación económica de mi madre empezaba a cambiar radicalmente y con ella nuestra forma de vida, y dos, que mi centro, mi esencia revolucionaria se hizo visible por primera vez. El póster de un pliego que yo elegí era una fotografía del Che Guevara en blanco y negro. No era un cantante de rock o pop, aunque mis primeros casetes habían sido Aterciopelados y Mana; no era Johnny Depp o 90210, era el Che que sí, era guapo pero sobre todo, y creo que hoy eso me clasificaría en la categoría de sapiosexual, me parecía un churro por lo que representaba.
Yo no sabía, a mis trece o catorce años, no sabía que había encontrado mi centro, que mi esencia era la revolución. Tampoco, supongo, lo supo mi madre que, sin embargo, en adelante lidió conmigo, con mis “revoluciones”, pasando de colegio en colegio como quien hace un viacrucis. Yo no soporto la presión, me cuestan las normas y la única fuerza a la que me someto sin alegar es la del amor.
Comprendí, un poco más adelante, que la revolución del Che no podía ser mi revolución; soy pacifista, no puedo con la violencia, con las armas de fuego, no puedo. Supongo que eso es también consecuencia de haber nacido en Colombia; aquí no nos cabe una bala más. Recuerdo antes de eso, a mis nueve años, la muerte de Carlos Pizarro “el comandante papasito” dirigente del M19, firmante de paz y fuerza indiscutible de la constituyente del 91 él marcó algo en mi memoria, como una herida que estuvo allí hasta que en un documental que hacen con María José, su hija, hoy congresista del Pacto Histórico, ella dice que quizás el gran error de su padre y compañeros de lucha fue darse cuenta tarde de que su potencial estaba en la paz y no en la guerra; creo que fue un discurso de su padre. Ese mismo año mataron al que fue mi abuelo paterno, y unos años después al que fue mi padre, y en medio caen como fichas una cantidad innumerable de nombres de políticos asesinados y luego un número innombrable: 7.800 y más ejecuciones extrajudiciales, junto a algunos manifestantes. A Colombia no le cabe una bala más. Yo necesitaba otro tipo de arma.
Así estudié antropología —el conocimiento es poder—; iba a luchar desde el saber, no desde la fuerza física, no desde la violencia. Desde ahí, desde el saber, he luchado soterradamente con una vergüenza incómoda porque ser mujer revolucionaria y feminista para un país de políticos fachos y católicos podía ser sinónimo de delincuencia. Cómo es que ser revolucionario en ciertos contextos era sinónimo de delincuencia y en otros, sinónimo de avances meritorios.
Me gradué de antropóloga con un trabajo meritorio en el cual investigué cómo el cuerpo de las víctimas y sobrevivientes de violencia sexual infantil intrafamiliar era señalizado como un territorio de abusos; el trabajo narra las rutas que el victimario imprime sobre el territorio (cuerpo de la víctima), marcándolo para siempre. Un proceso dolorosísimo que me dio un cinco (5.0). Pero no fue suficiente; supe que, además del saber (poder), se requería otra herramienta porque la sobreviviente requiere rediseñar el entramado de rutas en su cuerpo y en su mente. No era posible la fuerza, y no era suficiente el saber, porque en muchos casos, quizás la mayoría de ellos, la sobreviviente ha logrado llegar al día de hoy gracias a su capacidad para naturalizar la violencia misma; las rutas del abusador se han hecho sus rutas, la víctima ha apropiado para sí las rutas del agresor como forma de sobrevivencia. Se vuelve como un pez que busca el agua; de nada sirve decirle que ese lugar que habita es el agua misma.
Decirle, hacerle saber que él o ella se ha convertido en parte del mismo sistema que la lastimó, que tal como la hechicera de Kiriku, él, ella es el medio a través del cual el abuso y las violencias se extienden, se reproducen, se naturalizan: es brutal, es difícilmente digerible. El golpe es tan violento como un disparo en la sien y yo insisto: soy pacifista. ¿Y entonces? Seguí buscando y llegué al arte o ella a mí “El arte como terapia”. Fuimos a Chile porque en esos países donde la dictadura no fue disfrazada de democracia, como en Colombia, los mecanismos de reparación se hicieron indispensables, vitales. Fui a la danza como catarsis, pero se requiere más porque en algún punto esa información debe pasar del inconsciente al consciente, o al menos así lo creía yo. Fui a las letras y así ha sido. Nada fácil, nada rápido, nada gratuito, nada prefabricado, nada “expres”. Trabajo puro y duro, artesanal, hecho a mano en el día a día. La educación para comprender, la danza para vaciar, para restablecer la comunicación con el cuerpo y liberar los pensamientos; la escritura, la capacidad de expresar en palabras el proceso, decir: «Esto siento, esto pienso, esto me duele, esto me gusta y esto no, esto veo, esto creo» Esa ha sido la sanación y también la revolución; es y ha sido una revolución del yo, esa que no les gusta a los marxistas trasnochados, y que muchos nombran peyorativamente “autoayuda”, quizás porque ellos aún no comprenden que para sentirse colectivo hay que saberse unidad.
Ahora, empiezo a saberme colectivo; no cualquier colectivo, soy un hogar. ¿Cómo no habría de creer en la revolución como camino? Hace algunos años voté por Fajardo; luego ganó Duque, sentí pena, una vergüenza profunda, me sentí traicionada por mí misma, tibia. Cada día del Gobierno Duque, cada estupidez del “jefe Gorgory” era como un golpe en mi cara. Comprendí que huía del cambio porque el cambio era real, porque el cambio implicaría que las cosas serían realmente diferentes, porque tal como afirma el conocido refrán Perogrullo “Nada cambia, si nada cambia”, el deseo de conservar la vida en una imagen estática como un cuadro en un museo no es posible; el cuadro, aun estando en el museo, es la manifestación viva de una realidad que evoca emociones, sensaciones, vida.
Yo entiendo y apoyo este gobierno porque ese proceso de transformación social que se ha inscrito en las instituciones: más dinero para la educación, más recursos para el arte, el arte como camino para la paz y las reparaciones de la JEP en marcha, es un proceso que llevo tatuado en mí. Colombia y yo somos sobrevivientes, por eso cada vez que Colombia avanza de forma efectiva a través de sus diferentes mecanismos hacia la paz, yo asiento, yo entiendo.
Voté por Petro segura de que habría cambios; me siento parte del cambio, de este proceso de restitución y sanación. Entiendo, claro, también he estado allí en esa facción de Colombia que habla del sinsentido de un mural o de preferir un subsidio de SOAT sobre un Ministerio de la Igualdad. Esa parte que no entiende todavía que Colombia, de verdad, con todo lo que puede, camina hacia la paz, que es el único futuro posible y que es necesario. Hay en estos grupos una visión de la realidad que necesita seguir naturalizando la violencia porque ya son parte de ella; hay en ellos una necesidad de ausencia de memoria histórica, una necesidad de desconocer su vida, su dolor. Un miedo a la impunidad y a la verdad, de forma simultánea, que los lleva en inercia a ser los victimarios del mañana, los Uribe, los Videla, los Pinochet, incluso los Chávez, los Fidel, porque el totalitarismo es igual para el lado que se quiera; los lleva a buscar a como dé lugar “justicia” por mano propia (¿Les suena a cierto expresidente que fundó las Convivir?). Ellos necesitan seguir creyendo en los destellos; ellos en algún punto apropiaron los recorridos del victimario. La camioneta Toyota de vidrios polarizados representa su posible futura “victoria”; es la promesa de que un día ellos también tendrán derecho a la camioneta porque han seguido a raya la ruta que los acerca más a ser el vencedor, el victimario.
Así las cosas, me quedo con el perdón sin olvido, el perdón con restitución; me quedo con el arte y la educación; yo me quedo con el cambio que representa un hombre de revoluciones pacíficas como es mi candidato Iván Cepeda Castro, por quien pido a la Virgen de los Milagros, a Buda, a Shiva, a Cristo y al universo entero que, por la vida en Colombia, ganemos en primera vuelta.


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