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La historia no avanza: se repite, con mejores cámaras, discursos más pulidos y muertos más anónimos.

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La soberanía no es un escudo para dictadores ni una coartada para el saqueo: es el derecho de los pueblos a decidir su futuro.

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La política no se hace solo con convicciones, sino con la correlación de fuerzas.

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En política internacional no hay amigos: hay momentos. Y cuando el momento cambia, la inmunidad descubre que solo tenía visa temporal.

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Brindamos por un cadáver: el derecho internacional público. No para abandonar el derecho, sino para reinventarlo.

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Aplaudir la guerra, justificarla o callarla también es una forma de participación.

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Esto no es la solución definitiva de los problemas del país, pero sí una mejora real que desmonta la narrativa del empobrecimiento generalizado.