

El Sur ya aprendió, a golpes, dónde queda el Norte. Va siendo hora de que aprenda también a mirarse a sí mismo.

Se trata de una postración y una decadencia históricas, políticas y sociales extremas, ahora en un mundo incierto, por parte de unas clases altas inspiradas tragicómicamente por el desprecio y el odio al país real y a quienes han votado por los cambios.

Y así van, de fantasma en fantasma, en una pasiva procesión diaria frente a las pantallas, reinventando cada cuatro años la ilusión soberana del voto individual.

Mientras el ciudadano tiene los ojos puestos en el cielo esperando un milagro, no ve cómo le meten la mano en el bolsillo en la tierra.

La responsabilidad de una democracia consiste en que aquello que desaparece de la vista nunca desaparezca de la confianza pública.

El mejor homenaje que podemos rendirle a Gustavo es continuar su lucha; enarbolar, pese a la adversidad, su bandera en defensa de los derechos humanos y de la justicia para los pobres.

Las próximas elecciones no empiezan en 2027. Empiezan el día después de perder.

La democracia no se defiende solamente cuando se gana; también se defiende cuando se pierde.