

La soberanía no es un escudo para dictadores ni una coartada para el saqueo: es el derecho de los pueblos a decidir su futuro.

Volver a Colombia no es turismo exótico ni choque cultural: es regresar a lo que uno ya conoce. No hay sorpresa, hay memoria.

La política no se hace solo con convicciones, sino con la correlación de fuerzas.

En política internacional no hay amigos: hay momentos. Y cuando el momento cambia, la inmunidad descubre que solo tenía visa temporal.

Disentir sin destruirnos es una forma de patriotismo silencioso, pero poderoso.

Brindamos por un cadáver: el derecho internacional público. No para abandonar el derecho, sino para reinventarlo.

Con aciertos y errores, este gobierno ha logrado algo fundamental: que la gente aprenda y hable de política. Ya no nos engañan con tanta facilidad.

Aplaudir la guerra, justificarla o callarla también es una forma de participación.

Esto no es la solución definitiva de los problemas del país, pero sí una mejora real que desmonta la narrativa del empobrecimiento generalizado.