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Hemos dejado que el kratos avasalle al demos, permitiendo unas circunstancias en las que no se vive la democracia, simplemente se la soporta.

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Las bombas no solamente destruyen carreteras, estaciones de policía o edificios públicos. También destruyen serenidad ciudadana, deterioran la discusión democrática y facilitan el regreso de narrativas construidas desde la polarización extrema.

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No basta preguntar: ‘¿Es legal?’. También es necesario preguntar: ‘¿Es justo?’, ‘¿Es humano?’, ‘¿Contribuye al bien común?

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No votaría por quien insiste en la confrontación y en la dicotomía ‘amigo-enemigo’.

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Eso no es libertad; es uno de los mayores éxitos que puede alcanzar una élite política: lograr que sus propias víctimas la defiendan.

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La seguridad democrática no solo militarizó territorios, también militarizó imaginarios.

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Desde entonces, primero cada cuatro años y luego cada dos, íbamos a elecciones apostando a los que sabíamos eran perdedores.

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Las naciones no se destruyen por defender la vida; se destruyen cuando convierten la guerra, la desigualdad y la indiferencia en políticas de Estado.