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El Sur ya aprendió, a golpes, dónde queda el Norte. Va siendo hora de que aprenda también a mirarse a sí mismo.

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Y así van, de fantasma en fantasma, en una pasiva procesión diaria frente a las pantallas, reinventando cada cuatro años la ilusión soberana del voto individual.

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Mientras el ciudadano tiene los ojos puestos en el cielo esperando un milagro, no ve cómo le meten la mano en el bolsillo en la tierra.

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El mejor homenaje que podemos rendirle a Gustavo es continuar su lucha; enarbolar, pese a la adversidad, su bandera en defensa de los derechos humanos y de la justicia para los pobres.