

Tal vez deberíamos preguntarnos cuánto de la arrogancia que les atribuimos nace realmente de ellos y cuánto proviene de nuestras propias inseguridades.

Las formas cambian, las tecnologías evolucionan, pero las lógicas del poder pueden conservar una inquietante continuidad.

El Sur ya aprendió, a golpes, dónde queda el Norte. Va siendo hora de que aprenda también a mirarse a sí mismo.

Y así van, de fantasma en fantasma, en una pasiva procesión diaria frente a las pantallas, reinventando cada cuatro años la ilusión soberana del voto individual.

Mientras el ciudadano tiene los ojos puestos en el cielo esperando un milagro, no ve cómo le meten la mano en el bolsillo en la tierra.