

Hoy salir a la calle con la camiseta amarilla ya no es un acto de afecto patrio: se ha convertido en una declaración de militancia.

Nos educaron para reaccionar rápido, pero no para pensar despacio.

La paz real no se decreta por la fuerza, sino que se construye cuando se cierran las brechas que hoy nos dividen.

La guerra rara vez termina porque los líderes se vuelvan virtuosos. Generalmente termina cuando seguir peleando resulta demasiado costoso.

Opinar con argumentos es imperativo, pero hacerlo con odio, clasismo inútil y violencia discursiva es criminal.

Las falsas equivalencias simplifican en exceso una realidad compleja.