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La paz real no se decreta por la fuerza, sino que se construye cuando se cierran las brechas que hoy nos dividen.

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La guerra rara vez termina porque los líderes se vuelvan virtuosos. Generalmente termina cuando seguir peleando resulta demasiado costoso.

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Opinar con argumentos es imperativo, pero hacerlo con odio, clasismo inútil y violencia discursiva es criminal.


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La fiesta del fútbol y la farsa política se parecen demasiado: ambos son espectáculos donde el pueblo paga la entrada, pero nunca toca el balón.

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Que sean los procesos culturales comunitarios y populares quienes tengan voz y voto para alimentar los debates y la construcción de las agendas.