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Lo que nos estamos jugando en estos tiempos es la pregunta por cuál país queremos habitar.

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Sembrar conciencia es más difícil que sembrar maíz, pero es la única cosecha que no se pierde con las sequías.

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Una nación no se pierde solo cuando la gobiernan los malvados. También se pierde cuando los ciudadanos, por estupidez, cansancio o miedo, les abren la puerta, les sirven la mesa y después les agradecen el desastre.


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Hemos dejado que el kratos avasalle al demos, permitiendo unas circunstancias en las que no se vive la democracia, simplemente se la soporta.

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Las bombas no solamente destruyen carreteras, estaciones de policía o edificios públicos. También destruyen serenidad ciudadana, deterioran la discusión democrática y facilitan el regreso de narrativas construidas desde la polarización extrema.

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No basta preguntar: ‘¿Es legal?’. También es necesario preguntar: ‘¿Es justo?’, ‘¿Es humano?’, ‘¿Contribuye al bien común?