

Hoy creo que de allá viene que en mi casa no deje de sonar el radio.

Se trata de una postración y una decadencia históricas, políticas y sociales extremas, ahora en un mundo incierto, por parte de unas clases altas inspiradas tragicómicamente por el desprecio y el odio al país real y a quienes han votado por los cambios.

Las democracias no se fortalecen reduciendo voces, sino aprendiendo a convivir con ellas, incluso cuando piensan distinto.

Cuando alguien afirma que la guerra solo la conocen quienes empuñaron un fusil, pienso en todas las mujeres, campesinos, niños y ancianos que nunca dispararon un arma, pero pasaron años sobreviviendo entre retenes, amenazas, silencios y miedo. Ellos también conocieron la guerra. Y quizá fueron quienes pagaron su precio más alto.

Mi pueblo no se estaba acabando de un solo golpe. Se estaba yendo por cucharadas, por tragos, por recetas olvidadas, por cultivos que ya nadie siembra y por sabores que ya nadie enseña

Mientras el ciudadano tiene los ojos puestos en el cielo esperando un milagro, no ve cómo le meten la mano en el bolsillo en la tierra.

Nos educaron para reaccionar rápido, pero no para pensar despacio.

Opinar con argumentos es imperativo, pero hacerlo con odio, clasismo inútil y violencia discursiva es criminal.

En el universo, estrictamente hablando, no hay arriba ni abajo. Hay cuerpos, campos, trayectorias… y seres que necesitan orientarse.