

Lo que nos estamos jugando en estos tiempos es la pregunta por cuál país queremos habitar.

Sembrar conciencia es más difícil que sembrar maíz, pero es la única cosecha que no se pierde con las sequías.

Las emociones derrotaron a los argumentos.

No basta preguntar: ‘¿Es legal?’. También es necesario preguntar: ‘¿Es justo?’, ‘¿Es humano?’, ‘¿Contribuye al bien común?

No votaría por quien insiste en la confrontación y en la dicotomía ‘amigo-enemigo’.

Eso no es libertad; es uno de los mayores éxitos que puede alcanzar una élite política: lograr que sus propias víctimas la defiendan.

Desde entonces, primero cada cuatro años y luego cada dos, íbamos a elecciones apostando a los que sabíamos eran perdedores.

Las naciones no se destruyen por defender la vida; se destruyen cuando convierten la guerra, la desigualdad y la indiferencia en políticas de Estado.