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Eso no es libertad; es uno de los mayores éxitos que puede alcanzar una élite política: lograr que sus propias víctimas la defiendan.

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La seguridad democrática no solo militarizó territorios, también militarizó imaginarios.

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Desde entonces, primero cada cuatro años y luego cada dos, íbamos a elecciones apostando a los que sabíamos eran perdedores.

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Las naciones no se destruyen por defender la vida; se destruyen cuando convierten la guerra, la desigualdad y la indiferencia en políticas de Estado.


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La democracia necesita árbitros institucionales, no presidentes convertidos en jefes de debate o estrategas electorales.

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No quiero que nos parezcamos a nadie. Prefiero un país de nuestra talla.